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Reseña A menos de cinco centímetros en el blog “Cita en la glorieta”

Libro a menos de 5 milimetrosFuente: Manu López Marañón para el  blog “Cita en la Glorieta” 

Nos informa la contraportada de cómo Marta Robles (Madrid, 1963) debuta por «la puerta grande» en el género negro con «A menos de cinco centímetros», para añadir más abajo que nos encontramos ante «una novela de alta graduación erótica». Dudo mucho de que ambas aseveraciones –la primera claramente incorrecta– colaboren a que la valoración de este libro (por otra parte más que entretenido, con varios personajes inolvidables y de sorpresivo desenlace) aumente tras ser adquirido por sus compradores.

Se queja el maestro Marsé de cómo muchos autores intentan reciclarse recurriendo al género negro. Lo cierto es que hay una exagerada nómina de títulos etiquetados como «novela negra», pareciera que ese membrete bastara para insuflar calidad y comercialidad. Es este un camino que presenta muestras de agotamiento. Las voces de quienes, con toda razón, protestan airadamente por esta tendencia globalizadora hacia lo negro, pidiendo –exigiendo casi– una purga por el bien y la supervivencia del género se hacen oír ya de forma cotidiana. Cuando quien publica su primera novela negra es además un personaje mediático la obra corre el riesgo de no ser analizada con la objetividad deseada. Los prejuicios siempre hacen su labor.

Así, «A menos de cinco centímetros» ha generado polémicas con especialistas del género que abandonan su lectura tras unas decenas de páginas, defraudados porque «lo negro» no aparezca allí por ningún lado. Dándoles la razón, debo decir que este no ha sido mi caso: yo sí he llegado hasta el final. No soy un voraz lector de novela negra y cuando (a veces) escribo no me planteo hacer, ni de lejos, algo relacionado con el género. Mi visión narrativa aspira a ser más amplia que la que pueda estar circunscrita a unos cánones. Desde el siglo XX, la novela, así, a secas y sin etiquetas, es un cajón de sastre en el que todo lo humano tiene cabida. Dice Ernesto Sábato: «la novela es un género vital, versátil e impuro. No hay un arquetipo en el que basarnos para definirla». Y dentro de estas directrices me siento incluido, teniendo siempre presente, como lector y autor, que la novela es la forma más completa y profunda de examinar la condición humana.

Lo que más valoro cuando leo es que cada autor exprese su mundo de la manera más personal posible. Que en una misma obra participen de diversa manera, por poner un ejemplo, la novela de formación, la novela de viajes, la novela picaresca y –también– la novela negra, colma mis deseos. Ello, desde luego, no es óbice para que disfrute con obras más ajustadas a códigos como los del género negro. Llevo casi un año colaborando con Calibre. 38 y gracias a esta revista descubro autores y obras negras a las que, sin ella, ni me habría acercado; autores y obras cuyos méritos alabo en esas reseñas de aficionado que con tanta generosidad me publican los responsables de la revista.

Rompiéndome la cabeza para etiquetar satisfactoriamente la novela de Marta Robles, descubro al escritor llamado Armando Artigas, ese incorregible seductor de mujeres casadas y posible asesino. No tardo en ponerle el rostro de Cary Grant. Entra luego esa mujer fascinante, Misia Rodríguez, casada con el editor más importante del país; ávida lectora, exquisita en sus gustos, ropas y perfumes, con un punto de frialdad… Y me digo: ¡ya está!, estoy «leyendo» una película de Alfred Hitchcock. Vamos, que hasta su tema preferido –el del falso culpable– puede ser directamente aplicable al escritor. Y ser Misia esa rubia algo gélida a la que pongo cara de Eve Marie Saint o de Grace Kelly… Pero llego a la página 178 y en ella escribe la autora sobre Misia: «Aunque se había recogido el pelo con una horquilla de carey y se había calado unas Ray-Ban Cat Eye haciendo juego, para estar más discreta, su imagen podría haber sido la de cualquier rubia de Hitchcock en el siglo XXI.» Adiós a mi intento de ser original. Pero si sobre esos apuntes de personaje añadimos que la intriga se ramifica entre diferentes países, que los protagonistas son guapos y adoran el lujo de primerísimo nivel, y que la novela presenta un desenlace de los que gustaban al mago del suspense, sumando todo, una etiqueta si no original al menos certera (y que ni desconcierte ni rebaje el interés comercial de «A menos de cinco centímetros») podría haber sido: «Una novela de intriga criminal narrada con pulso de thriller hitchcokiano».

La otra aseveración pendiente, «novela de alta graduación erótica», da menos juego y no me extenderé. Cada vez somos más los que nos aburrimos soberanamente con el erotismo en la literatura, y no por mojigatería: cuando hay que explicitar encontronazos sexuales por necesidad de lo que se nos está contando (en caso contrario me los salto) yo prefiero el porno duro y en cualquier caso agradezco una breve duración. Las escenas sexuales de «A menos de cinco centímetros» combinan erotismo y pornografía. Son cinco y vienen protagonizadas por el escritor y su amante. Me han vuelto a sobrar, aunque reconozco haberme reído con el señor gatillazo que pega el prepotente escritor en su primera cita.

Armando Artigas la vida le sonríe a boca abierta. Escritor exitoso desde que publicó a los 21 años su primera novela y niño mimado de su editorial, es inteligente, ingenioso, atractivo, seductor y elegante. A la hora de relacionarse resulta ser un promiscuo encantador que liga con mujeres muy bellas, eso sí, casadas sin excepción. Logra escapar así de cualquier compromiso duradero para dedicar su tiempo a escribir. No me resisto a copiar una de sus frases: «Escribir una mala novela es muy difícil y escribir una buena es un milagro. La diferencia entre una y otra es la emoción. Y ni siquiera eso garantiza su éxito.» Katia Kohen Korovin, periodista porteña especializada en el tema judío, es hija de Larisa Korovin, mujer de 65 años de origen ruso que aparece asfixiada en el hotel Alvear de Buenos Aires; Larisa fue, décadas atrás, amante de Artigas. Por ser la última persona que habló con ella Katia no solo está convencida de que mató a su madre, también de que ha asesinado a otras amantes suyas y contrata en Madrid al detective Roures para que investigue a Artigas. Casada con Carlos Rothman (el editor más poderoso del país que, por supuesto, publica las novelas de Artigas) a Misia Rodríguez su marido le da una vida de princesa (por un cumpleaños le regala una biblioteca con primeras ediciones de Bocaccio, Petrarca o Séneca). Aparte de devorar libros a Misia le arrebatan la ropa y los complementos, mejor de marca; también los perfumes: uno de violetas que hace juego con sus ojos es su preferido. Las citas sexuales entre esta rubia casada y el atractivo y libertino escritor (siempre en hoteles de cinco estrellas en ciudades inolvidables) vertebran «A menos de cinco centímetros». En torno a estas citas se van desplegando unas subtramas quizá un tanto excesivas –tanto en número como en intensidad– para su completa urdimbre, aunque hay que reconocer que resultan vibrantes: de los horrores de las guerras en los Balcanes y Sierra Leona de finales del pasado siglo viajamos al Israel actual; del Buenos Aires de 1930, donde se inició una trata de prostitutas que al principio era solo de ámbito local, se pasa al Buenos Aires de hoy, donde la organización (judía) es ya muy poderosa y de una gran complejidad para poder surtir de carne humana al mercado europeo. Concurre esta espeluznante historia –y de forma hábil, literariamente hablando– para dinamitar por sus tres lados al hasta entonces incruento triángulo Carlos Rothman-Misia Rodríguez-Armando Artigas. El desenlace de la novela de Marta Robles, en esa Sevilla majestuosa y nocturna que se percibe desde la habitación 326 del hotel Alfonso XIII, resultará inesperadamente brutal incluso para el lector más avezado.

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