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Juana está en mi casa

Juana Rivas anda de casa en casa. Los españoles –y más aún las españolas- se la rifan. Todos quieren prestarle su apoyo incondicional. Hacer ver que la Ley está obsoleta o simplemente equivocada y que no puede obligar a una madre a devolver a sus hijos a un padre maltratador. Que un tipo que maltrata a la mujer que le ha dado la vida a sus vástagos  no puede ser un buen padre debería considerarse una obviedad que registraran el Código Civil, el Penal y el del sentido común; lo mismo que el hecho de que una mujer elija huir y esconderse dónde sea, si la Justicia no la apoya y puede poner en peligro a su progenie. Por desgracia, en el caso de Juana,  andan litigando no solo dos cónyuges, sino también dos países, España e Italia. Y de las justicias enfrentadas por territorios nunca sale nada bueno. Pero más allá de las normas internacionales están las personas. Y cuando las reglas establecidas no sirven para su convivencia, es inevitable  saltárselas. El problema es que, en este mundo cada vez más pequeño, donde las fronteras siguen intactas pero las distancias se acortan día a día, las relaciones entre personas de distintos lugares se vuelven impracticables en cuanto las cosas no funcionan como un reloj. Las separaciones,  ya de por si complicadas, resultan imposibles cuando a todo lo demás hay que añadir los kilómetros que separan los lugares desde los que se estira de la cuerda. Es de esperar que al final  se alcance alguna solución, pero entretanto, le he dicho a Juana que siga en mi casa y que yo me ocupo de esconder a sus hijos…

La Razón

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