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Politicamente correcto

Hace muchos años, una de las mujeres a las que más quiero y admiro en el planeta, Nativel Preciado, que opina como nadie, con un sentido común y una sensatez dignas de alabanza me dijo “estoy harta de opinar”. Yo creo que no lo decía del todo en serio porque, entonces, aún no habíamos llegado a un momento como el actual, donde opinar se ha vuelto una tortura, no por lo que se tenga que decir, sino porque cada vez se pueden decir menos cosas. Mi casi hermana Carmen Posadas, que el otro día recibió el premiazo Romero Murube en el ABC de Sevilla -no le va a quedar espacio en casa como coloque todos los premios-. Lo hizo con un discurso sobre la corrección política en el ámbito femenino que está llegando a ser un completo dislate. Ya saben que por ahí andan unas mujeres de no sé qué universidad, empeñadas en cambiarle los nombres a los meses y ponerle “enera” a enero o “febrera” a febrero…; como Carmen apuntaba muy bien, el hecho de que cada vez se hagan más tonterías en los asuntos de mujeres desvía la atención de los asuntos importantes hacia esas imbecilidades y resta tiempo y energía que dedicarle a lo que de verdad la merece. Bien, pues esto que sucede en el ámbito de lo femenino, ocurre en casi todo. No se puede hablar de casi nada sin sentirse culpable o sin pensar que alguien podrá lapidarnos. A saber, nadie puede hablar de gordos, solo de sobrepeso y siempre rodeado de felicidad, tampoco de flacos, no vaya a pensar alguien que se les está tildando de anoréxicos, que a nadie se le ocurra decir que le gustan los toros, o que no le gusta tener perros en casa, que enseguida aparecerán los animalistas a afearles la conducta, o que no le gustan los niños o que no le divierte el World Pride… Y esto es solo un ejemplo. Cada vez hay más temas que no se pueden tocar en un mundo que esgrime la libertad de expresión como bandera, aunque a veces no sirva más que para decir idioteces. Hemos llegado a ese punto en el que todos tienen que criticar a los mismos y que nadie se atreve ya a ofrecer opiniones contrarias a menos que sea en el ámbito de lo político, que parece el único sitio donde está bien visto que unos digan unas cosas y los otros otras, dependiendo del lugar al que “pertenezcan”.

La corrección política nos está matando, fuera de la política, y nos está convirtiendo en seres aburridos, cobardes y mentirosos. Por eso desde aquí reivindico que volvamos a opinar, que digamos lo que pensamos sin hacer daño, pero sin hacer el ridículo y que reclamemos otra manera de contar. Tal vez si nos atrevemos a hacerlos, todo volverá a tener su grado correspondiente de importancia y no nos perderemos en esas pequeñeces imposibles de soportar.

La Gaceta de Salamanca

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