Menu
Menu

Serenidad

Hoy un amigo de años me ha asegurado sentirse sereno. Después de confesarme que un amor fú le arrancó de casa durante más de un año y que acababa de volver con el rabo entre las piernas, como un can culpable, me ha hablado de la serenidad y de estar donde hay que estar. “¿Dónde quieres estar?” he preguntado yo ingenua. “Donde debo estar”- me ha respondido él con convicción.

Y donde debe estar, según me ha dicho, es al lado de sus hijos y de su mujer y sereno. Aunque los primeros ya no le hablen, la segunda lo mire con desprecio y todos lo quieran ahí, suyo para siempre, pero casi muerto de serenidad.

La serenidad, ya lo decía Benedetti en su poema, “no es el mejor de los estados posibles e imposibles” y tampoco hace olvidar lo bueno que era “estar adentro del entrevero”. Es un lugar al que hay acostumbrarse poco a poco, evitando las “emociones clandestinas” y sabiendo que ya no habrá alegrías rotundas, ni tristezas rotundas porque gracias a la serenidad, nada estallará en fuegos artificiales ni se apagará de pronto hasta quedarse a oscuras por completo.

La serenidad es el espacio en el que casi todos querríamos estar hasta que llegamos obligados a él y se nos convierte en esa cárcel donde también llega a invadir el desconsuelo por más que se trate de un “sereno desconsuelo”.

Hoy un amigo de años ha asegurado sentirse sereno. Y al bucear en su mirada serena y en su rostro sereno me han dado ganas de llorar. Será que he pensado en sus noches serenas, de las que también hablaba el poeta, en las que en vez de dormir serenamente, pasará “horas y horas mirando al techo”.

Ojalá la serenidad pudiera volver las cosas a su sitio, corregir los errores y borrar los efectos del paso del tiempo… La realidad es que no lo hace aunque lo llene todo de esa calma “que ya no da abasto” y que no se alivia ni pensando que “no hay mal que dure cien años”.

Si algún día me abandonan los amores, espero no empeñarme en hacerlos volver ni retenerlos con serenidad; prefiero matarlos del todo, a dejarlos medio muertos a mi lado y morir con ellos serenamente. Será que comprendo que, para aquellos a quienes si se les pregunta si volverían a otros estado y responden de inmediato “sin dudarlo”, no hay peor castigo que la serenidad…

La Gaceta de Salamanca

Back to Blog

Deja un comentario

Back to Blog