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Fotos y secretos

Recuerdo que hace años, de adolescente, mi madre sacó del bolso, de pronto, como si tuviera vida propia, una foto en blanco y negro. En la imagen se veía a un bebé de pocos meses, sonriente y desnudo, caminando a gatas por una alfombra. Era yo.  Mamá, orgullosa, le enseño la instantánea a todas sus amigas que la escrutaron hasta el último detalle, y luego a mí, para ver cuánto, cómo y porqué había cambiado en esto o en aquello otro. A mí los rubores me teñían las mejillas, mientras soñaba con arrebatar de un zarpazo aquel documento a las señoras que me miraban desnuda, como si tuvieran algún derecho para hacerlo. Ese mismo día juré que, pasara lo que pasara, cuando fuese madre, JAMAS, mostraría sin ropa a mi retoño, ni tampoco su intimidad. Pero, claro, mis hijos han nacido en otro tiempo y ahora todas las madres, incluida yo, no es que los enseñemos en pelota picada –o sí-, pero, desde luego,  los ofrecemos a la vista de los demás, en las redes, desde que nacen…, ¡hasta que nos morimos nosotras! O lo que es lo mismo, la historia de cada niño del siglo XXI aparece narrada, día a día  -y a veces minuto a minuto- en Facebook, Instagram u otros lugares de Internet,  a la vista de todos o de muchos. Y no pasa nada, solo que, quizás, años más tarde, sus protagonistas hubiesen preferido ser ellos mismos los que revelaran, que no les gustaban los gatos o su torpeza al bajarse de los cochecitos de la feria. Porque no sé si las fotografías roban el alma, pero sí que, a veces,  desvelan secretos antes de tiempo…

 

La Razón

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