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Creer en los Reyes Magos

Publicado en La Gaceta de Salamanca

 

Hace un par de días,  mi hijo de diez años, que hará once en febrero “ya estoy más cerca de los once, mamá, mucho más cerca…”, me confesó sin confesarme, que sabía que los Reyes Magos no venían exactamente de Oriente. Lo  hizo, además, con una sonrisa de mayor, de esas que, a los mayores de verdad , nos dejan el corazón hecho trizas. En realidad, mientras me explicaba el razonamiento por el cual ha descubierto lo que no se puede descubrir porque “hijo, te aseguro que tu padre y yo no somos los Reyes Magos, sino tus padres” me ha llevado a un grado sumo de melancolía. La melancolía, ya lo saben, es esa especie de enfermedad de los recuerdos que a todos nos embarga de cuando en cuando, pero que siempre atrapa a los padres cuando ven que sus hijos están creciendo más rápido de lo que podrían imaginar. Al tratar de explicarle a mi hijo  el porqué de algunas mentirijillas de la niñez sin restarle su magia correspondiente, el mismo rubito con cara de ángel que hace nada mordisqueaba una jirafita de goma mientras le salía el primer diente, me ha soltado un pavoroso “al grano, mamá, al grano” que me ha dejado congelada.  Tanto, que he sido incapaz de continuar exigiéndole que pusiera el árbol conmigo y, sobre todo, el Belén, arguyendo que  Jesús iba a nacer en nada “hijo, que queda menos de una semana” y si no lo colocábamos se iba a encontrar sin portal en el que resguardarse. En fin, la vida es así. Los niños van creciendo y los padres envejeciendo exactamente al mismo ritmo. Sé, sin embargo, porque tengo otros hijos mayores que este, que el día en que nos reunamos todos en familia para celebrar la Nochebuena,  simplemente por el hecho de hacerlo, todos, incluido este pequeño/mayor, se volverán infinitamente más chiquitines y que incluso nosotros, los padres, recuperaremos cierta ingenuidad. Ese es el regalo de la Navidad que, más allá de las creencias, pretende unir a las familias , desbordar los afectos e incluso provocar en los seres humanos las ganas de ser mejores. Sé bien que también cabe el consumismo y que algunos lo llevan hasta extremos insólitos;  pero quitando el detalle de la irresponsabilidad de endeudarse también para celebrar, lo cierto es que la Navidad es ese momento señalado en el calendario para poner un punto y aparte entre los enfados y las reconciliaciones y para  propiciar que seamos felices. Llámenme ustedes cursi, pero  me gusta encontrar coartadas para la felicidad. Y más tras haberme dado cuenta de que mi hijo ha crecido y de que ya, por desgracia, nunca más volverá a creer en los Reyes Magos. O tal vez volverá a hacerlo, cuando tenga hijos.

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