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Sin final feliz

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Después de haber prestado atención durante meses al caso de Diana Quer, de haber hablado con sus padres, de haber escrito sobre el asunto y de haber estado atenta a los pormenores de la investigación que iban trascendiendo con pasmosa lentitud, el desenlace, quinientos días después,  me ha supuesto un mazazo casi personal. Yo, ya ven, siempre ando esperando el milagro en los asuntos en los que he puesto el corazón. Y aquí la cercanía, el reconocer rasgos característicos de cualquier matrimonio que se rompe, y más aún si es con hijos en edades difíciles, hizo irremediable que me aflorasen los sentimientos. Pensé que, quizás, tras una turbia aventura, o después de un episodio oscuro e incluso terrible, Diana podría emerger de la niebla donde andaba perdida, no como un cadáver, sino como una chica dispuesta a recuperar su vida y a devolvérsela a toda su familia, aunque ya estuviera dividida para siempre. A veces, ya se sabe, no hay nada mejor que una separación para que los miembros de una pareja empiecen a vivir. Y yo creí que el azar podría apiadarse de estos padres dolientes y darles una oportunidad para aplacar sus errores –que tire la primera piedra quien no tenga los suyos propios, máxime tras una ruptura- desde una distante cordialidad que propiciara el mejor entorno para sus hijas. La historia de los Quer-López-Pinel me hizo reflexionar sobre muchas cosas. Sobre la maternidad/paternidad, sobre las relaciones entre los padres y los hijos y sobre lo condicionados que estamos por nuestras propias infancias y adolescencias y la educación que hemos recibido;  pero más que sobre todo eso, medité sin remedio sobre las mil y una desapariciones que se producen en España y en el mundo, que jamás se llegarán a resolver y respecto a las que cualquier cosa es posible. El caso de los Quer-López Pinel, horriblemente único para ellos, es parecido a muchos otros acaecidos con anterioridad o que se producirán con posterioridad, más o menos mediáticos. A través de sus perfiles se podrían construir mil y una historias diferentes que poco o nada tendrían que ver con su realidad, pero sí con la de unos u otros padres de chicas o chicos desaparecidos. Me hubiera gustado, de verdad, que el final de este horrendo suceso hubiera contradicho a la razón y hubiese sido feliz. Parece que, los finales felices, demasiadas veces solo quedan para algunas novelas…

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