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No en mi nombre

Publicado en La Gaceta de Salamanca

No quiero que en mi nombre se destroce el lenguaje. Ni que se determine por ley que todos los varones de este mundo son seres perversos. Ni que se considere que todas las mujeres somos buenas solo por serlo igual que antes éramos sospechosas por lo mismo; tampoco que me obliguen a aborrecer cualquier película en la que la mujer no tenga un papel preponderante, ni que en la literatura no se pueda escribir de los defectos y vilezas femeninos. Me niego a que nadie me exija que abomine de cualquier piropo o galantería, o a que considere que todos los hombres son mis enemigos. Porque más allá de los acosos, abusos, agresiones y hasta asesinatos sufridos por tantas mujeres puestas en pie,  vivas y muertas, para denunciarlos por fin, hay cientos, miles, millones de hombres buenos a los que querer con el alma y con los que compartir la vida con entusiasmo. Hombres que también defienden la igualdad de derechos, que saben que las cuotas son necesarias para que la mujer esté en todas partes y se compruebe que en las filas femeninas y en las masculinas hay el mismo número de tontos y listos. Hombres divertidos, graciosos, simpáticos, brillantes y justos que aceptan sus dislates del pasado y están dispuestos a corregirse y hasta aumentarse para que la vida de todos sea mejor. Hombres de ley, tan feministas como yo, que desean igual que yo que la equiparación entre ellos y nosotras sea real. Que nos apoyan, que nos quieren, que comparten, que se dejan cuidar y nos cuidan sin pretender con ello nuestra sumisión ni nuestra entrega. Hombres cómplices, amantes, amigos, que no quieren caminar por delante sino hacerlo a nuestro lado y  con los que el mundo es mucho más interesante… No quiero que en mi nombre se separe el mundo entre ellos y nosotras. Ni que nosotras o ellos podamos ser considerados culpables solo porque los otros nos señalen. Quiero que  todos seamos inocentes mientras no se demuestre lo contrario. Y que paguemos nuestras equivocaciones cuando las cometamos, independientemente de nuestro sexo. Pero sobre todo, no quiero que en mi nombre los políticos se aprovechen del paso que hemos dado contra el machismo en 2017, para quedarse en la estupidez de los asuntos que no tienen importancia. Ni que crean que aceptaremos cualquier símbolo de lucha. No quiero, en definitiva, ser “portavoza”, ni que Irene Montero lo sea en mi nombre. Si ella quiere hacer el ridículo, y ser una “carga pública”, que lo haga sola. Mi sororidad, ya se lo digo,  esta para otras cosas.

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