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Fumando espero

Publicado en La Razón

Los que tenemos una edad llevamos mucho más de media vida asociando el tabaco a los momento más felices. El humo estaba presente en los garitos, en las fiestas familiares, en los conciertos y por supuesto, después de hacer el amor. Resultaba viril en los hombres y seductor en las mujeres, e igual lo fumaba el cowboy de turno, adicto al “genuino sabor americano”, que las femmes fatales de las películas en blanco y negro, o las rebeldes con causa, modernas y liberadas, que se negaban a perderse ese placer “genial y sensual”…Había quien esperaba fumando como Sara Montiel y quien proponía que corriese la nicotina como Siniestro total. Y los cigarrillos formaban parte de la vida de tal modo, que no solo se fumaba en aviones y trenes y hasta en las clases de la Universidad, sino que hasta los médicos recibían a los pacientes a pie de quirófano con uno en la comisura de los labios. No es raro que estuviera tan presente, porque mucho antes de que en los años 50 se determinaran sus maldades, el tabaco se asociaba a la distinción, solo estaba al alcance de determinadas clases sociales e incluso se consideraba que fumar con moderación podía curar la artritis, la pleuritis o incluso tener propiedades relajantes. Para cuando el epidemiólogo británico Richard Doll descubrió los peligros del humo que nos alegraba la vida ya era tarde y media humanidad estaba “infectada”. Lo demás, ya lo saben, se escribe a golpe de prohibición. Como aún así hay quien no deja de fumar EEUU prevé recortar la nicotina y con ella la adicciones. Así que prepárense para un mundo sin tabaco. Para bien y para mal…

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