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Brown Sugar

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Hace unos días, cuando estaba hablando de la letra de la canción “Brown sugar” de los Rolling Stones, en el programa de TVE “Amigas y conocidas”, me volví a percatar de lo mucho que los españoles comentamos “de oído”. O lo que es lo mismo: como somos capaces de asegurar cualquier cosa, aunque no tenga nada que ver con la realidad, escudados en que algún día ,en el pasado, se lo escuchamos a algún otro que lo contó en algún lugar como si no hubiera más verdad que la suya. El ejemplo de  la canción “Brown sugar”  es paradigmático. Les cuento.  hubo un periodista al que, al traducir el título de manera literal ( “azúcar marrón” o “azúcar morena”), se le ocurrió que aquello –y más siendo de los Stones- tendría que estar relacionado, de manera obligatoria con la droga.  Como el periodista en cuestión no sabía suficiente inglés como para seguir la letra de la mencionada canción se quedó en ese título, y en lo bien que quedaba asociarlo al universo de los narcóticos, y lo defendió como si hubiera realizado un doctorado sobre el asunto. Bien, pues aunque la canción no hablaba en absoluto de la droga y su tema era el esclavismo y más concretamente el trato que recibían las jóvenes esclavas negras por parte de sus lascivos amos, nadie cuestionó lo que aquel periodista decía y decenas de colegas lo fueron repitiendo año tras año sintiéndose avalados porque tantos otros lo habían dicho antes que ellos… Eso es, ya saben, el fenómeno por el que una mentira, de tanto repetirla, acaba por parecer verdad aunque no lo sea y es quien señala que no lo es, el que  queda en evidencia porque nadie quiere reconocer su error,  parapetado en tantos otros previos al suyo. En un caso como este, alguien podría decir que el problema proviene de no saber inglés (¿saben ustedes cuántos españoles opinaron sobre el Premio Nobel de Dylan sin saber, ni por asomo, lo que cuenta/canta en sus canciones?); pero yo creo que es un problema que trasciende, incluso, el asunto del idioma. Es decir, igual que hay quien apuntala su discurso con porcentajes imposibles para dotarlo de credibilidad hay quien se escuda en lo que otros dijeron para negar taxativamente una manifiesta equivocación incluso cuando se la demuestran… Hegel dijera aquello de “tened el valor de equivocaros” y Heidegger que “cuando un hombre piensa a lo grande se equivoca a lo grande” no nos gusta reconocer nuestros errores. Por eso aunque “rectificar es de sabios” según la cultura popular, en este país nuestro, antes de hacerlo, preferimos pasar por tontos…

 

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