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“La vida, a veces, puede llevarte por un camino absolutamente imprevisto”

Publicado en La Razón

Silvia Marsó, actriz y productora teatral de la obra “24 horas en la vida de una mujer”

Silvia Marsó no es una de esas personas que esperan a que la vida les sorprenda. Por eso, aunque parezca inevitable siendo actriz, hace mucho que decidió no quedarse quieta, junto al teléfono, esperando esa llamaba que nunca llegaba con la frecuencia deseada. Empezó a producir teatro en compañía de otros, pero cuando se encontró cara a cara con la obra de Stephan Zweig  “24 horas en la vida de una mujer”, decidió convertirla en musical y quedarse sola ante el peligro con su sello “La Marsó produce”. Un punto de humor en el nombre de su compañía para un asunto tan serio como el teatro y música para una arriesgada adaptación del texto  del escritor vienés,  que triunfó en su presentación en el teatro de la Abadía de Madrid y que, tras una exitosa gira por España, vuelve ahora a la capital, al teatro Infanta Isabel, donde permanecerá hasta el 3 de junio. Zweig en musical y producido por la propia Silvia. Como lo leen. Anda que a La Marsó, no le gustan los retos… ”La verdad es que cuando asumí esta producción en solitario nadie pensaba que fuéramos a tener tanto éxito. Como no se había hecho nada parecido aquí y era una cosa tan distinto, creían que aunque al público francés le hubiera entusiasmado quizás el español no estaba suficientemente preparado para recibirlo. Sin embargo yo intuía que le gustaría, porque nuestro público es más inteligente de lo que muchas veces se creen los que dirigen el mundo del ocio”.  Inteligente, curioso y con ganas de dejarse sorprender…, si no, no se habría decidido sin reservas por algo tan inesperado como Stefan Zweig en musical… “La composición musical de esta obra la ha hecho Sergei Dreznin, que es un ruso muy consagrado en el mundo de la música. Estuvo viviendo en Berlín,  en Nueva York,  e hizo varios musicales. También judío ,como Zweig, ha recreado la Europa de entreguerras musicalmente y ha hecho un crisol de lo que sería nuestra cultura más profunda, en la que se retrata Europa y el mundo pasional del autor. Es como transitar por la historia de la música europea, a través de una banda sonora muy interesante, que sorprende a la gente que está acostumbrada a ver musicales y a los propios músicos..” Es un musical, sí, pero no se esperen claqué o bailes espectaculares; ni siquiera una gran orquesta “No, aquí cantamos los tres actores acompañados por un piano, un violonchelo y un violín en directo: una orquesta de cámara”. Tres actores que cantan y cuentan acompañados de una música que les hace vivir y bailar, pero sin grandes coreografías. “Está claro que no es un musical al uso. La gente que ha venido a verlo dice que no ha visto nada igual, porque aúna la música de cámara y la profundidad y la reflexión existencialista de Zweig, además de la interpretación de los actores, la danza –que organiza la coreógrafa Elena Martín-, la pintura –la escenografía es del pintor Arturo Martín Burgos- y el arte lumínico –obra de Juanjo Llorens-, que hace que cada parte de la obra parezca un cuadro distinto. Es una obra de una belleza plástica sobrecogedora que dirige, además, Ignacio García, uno de los directores más admirables que tenemos en nuestro país.” En medio de toda esa plasticidad, la voz siempre lúcida de Zweig lleva a una revisión de la propia vida de los espectadores “Pues sí, porque es un espectáculo con muchos matices, porque todo lo que ocurre en escena está condensado en 24 horas de la vida de los personajes; pero en realidad son todas las emociones, todos los estados posibles que puede vivir un ser humano a lo largo de su vida. Zweig refleja en la novela como el ser humano –en este caso una mujer- puede tener una existencia vacía impuesta por las condiciones sociales, las circunstancias y la rutina. Cuando esa mujer vive de verdad por primera vez y toma decisiones por primera vez, su comportamiento provoca una reflexión muy interesante”. Uno de los asuntos que la obra pone en tela de juicio es si se pueden tomar las riendas de la propia vida en cualquier momento y más siendo una mujer y teniendo una edad, por muy aristócrata que se sea… “Zweig eligió a la señora Fe, el personaje que yo interpreto, por su condición de mujer –nosotras siempre hemos tenido la vida mucho más limitada o absolutamente limitada durante siglos- y por ser aristócrata y pertenecer a un mundo donde nunca tuvo que tomar una decisión: la casaron a los 18 años por conveniencia familiar y ella se acostumbró, tuvo dos hijos y fue feliz…; pero al enviudar, con los hijos mayores fuera del hogar, sin encontrarle ya sentido a la vida, decide viajar por Europa para salir de ese pozo. En el casino de Montecarlo se encuentra con un joven ludópata a punto de suicidarse porque ha perdido la fortuna y… es en ese momento cuando empieza la obra. El relato de 24 horas apasionantes a través de las que el espectador descubre como la vida, a veces pude llevarte por un camino absolutamente imprevisto.” El camino de Silvia Marsó es el del trabajo, el esfuerzo y el éxito. Y no solo en el exitoso montaje teatral  de “24 horas en la vida de una mujer”, sino también en la vida y en la lucha por la igualdad. “Pertenezco a CIMA, asociación de mujeres cineastas y de medios audiovisuales, porque creo que más allá de problemas tan graves como el acoso o la brecha salarial está el de la falta de oportunidades. Los hombres son los que dirigen, toman las decisiones…, entre ellos se ayudan y a veces ni son conscientes de que priorizan proyectos firmados por hombres por una cuestión de amistad, colegueo  o simplemente compañerismo… Y ahí es cuando nosotras tenemos que luchar, porque es muy injusto”

 

PERSONAL E INTRANSFERIBLE

Silvia Marsó nació en Barcelona, está soltera y tiene un hijo. Se siente orgullosa “de haber logrado estar donde estoy y de la honestidad con la que he ido por la vida” Se arrepiente “de muchas cosas. Demasiadas” Perdona “siempre” y olvida “lo malo” Le hace reír “mi hijo” y llorar “la crueldad” A una isla desierta se llevaría “las obras completas de Stefan Zweig. Le gusta comer “berenjena, en todas sus modalidades”  beber “batido de fresa” Su manía es “quitarle los adhesivos de los vuelos a las maletas nada más llegar al aeropuerto. No soporto ese papelito en la maleta. Es una manía tonta”. Su vicio es “el chocolate”. Su sueño recurrente “que me quedo en blanco en el escenario” De mayor le gustaría ser “joven” y si volviera a nacer sería “pianista”.

 

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