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Mejores que sus hermanos…

Publicado en La Gaceta de Salamanca

 

Perdonen ustedes si les provoco ese sentimiento de envidia inevitable cuando se comprueba que otros andan de vacaciones y uno sigue en el lío, pero no quiero mentirles: estoy de vacaciones. Apenas llevo un par de días y, aunque ande frente al teclado, se me ha dado la vuelta la sonrisa. Es increíble lo que hace con el ánimo cambiar de destino y de rutina. Ahora la mía es otra y me lo noto y me lo notan. Tanto como para que sea complicado sacar de mi ese monstruo que llevo dentro y que a veces aparece en los atascos. Las vacaciones consiguen lo imposible. La calma absoluta. La paciencia indefinida. Incluso ante la estupidez. Verán. Yo soy uno de esos seres privilegiados que veranea en las Baleares. Concretamente en Mallorca. Esta isla, una de las más bellas del mundo,  tiene de todo. Incluido, también, ese turismo veraniego de Magaluf, balconing, alcohol y todo lo demás, que no es precisamente la mejor cara de la moneda.  Pero también hay otro, de Madrid, Barcelona y el resto de España, que se deja las muelas para poder alquilarse un emplazamiento agradable cerca del mar y que incluso se paga cualquier tipo de cáscara de nuez  –el tamaño depende del bolsillo- para poder recorrerse ese mar turquesa que adorna las costas mallorquinas.  Mi familia y yo estamos en ese segundo grupo y ayer, decidimos echar al agua nuestra lanchita y hacer un viaje de reconocimiento. Cuando andábamos abandonando el diminuto puertecito por la bocana correspondiente, mientras otra cáscara de nuez –tres veces mayor que la nuestra-se disponía a entrar, vimos que, justo ahí, entre las boyas,  dos bañistas nadaban despreocupadamente, sin atender a las señas de las dos embarcaciones.  Cuando ya nos dimos cuenta de que aunque nos escuchaban a todos no querían atender a razones a mí se me escapó un inocente “esto es increíble”. Pues oiga, como si hubiera tirado una granada al mar. Le respuesta no se hizo esperar. “¿Increíble? ¿Increíble? “Me preguntó el nadador con marcado acento mallorquín. “Hombre- contesté yo- es que es peligroso…” “Anda y llévate el trasto al Manzanares y déjanos en paz”-repuso el tipo.  No contesté. Estoy de vacaciones. Pero no pude evitar pensar que a este prójimo le molestamos más los que venimos de Madrid o de Zaragoza, por ejemplo, y nos dejamos el bolsillo desfondado en su isla y la hacemos prosperar, que el turismo de segunda b, británico  o de donde sea, que pone los suelos de los locales y las aceras llenos de vomitados y deja su reputación turística bajo mínimos.  La reflexión es sencilla. O seguimos pensando que lo de fuera es mejor, o esto tiene que ver con las contagiadas ansias independentistas y las ínfulas de sus propietarios, que siempre se creen mejor que todos los demás, pero sobre todo, que sus hermanos…

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