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Rubios y pijos

Publicado en La Gaceta de Salamanca

El otro día una colega a la que sigo habitualmente por su brillantez (Luz Sánchez-Mellado) escribió en El País una columna sobre su padre, y hete aquí que sentí una inmensa necesidad de hacer lo propio.  Aunque Luz y yo nos llevamos escasos tres años (yo soy la mayor, naturalmente), nuestros padres se llevaban más de diez, así que al mío no nació en el año del hambre, sino que se chupo la guerra y llegó con un hambre eterna a ese año 1940  en el que nació el de Luz. Mi padre vivió la guerra como los niños  de su edad de la época: como si fuera un adulto. Pocos años después del final del conflicto, su padre ( mi abuelo)  un abogado fracasado y ludópata, murió de pulmonía  tras  jugarse la poca fortuna familiar que conservaba y su madre (mi abuela) se encontró con dos niños y una niña a los que sacar adelante con lo poco que le quedaba. El hermano mayor de mi padre, que apenas le sacaba un par de años al mío y que tenía una salud muy frágil, murió poco después también de neumonía -tal vez contagiado-  y le cedió el testigo de la responsabilidad familiar al siguiente varón de la familia. A mi padre le tocó entonces, con catorce años, sostener la vapuleada economía familia y  descargar piedras para las obras. Lo hacía a diario y luego volvía a casa, dispuesto a hincar los codos hasta hacerse sangre, caminando por delante de una confitería, en cuyo escaparate siempre estaban expuestas unas empanadilla de mazapán. Mi padre siempre fue muy goloso. Le perdía el chocolate y cualquier otro dulce. Si le regalabas una caja de bombones le hacías feliz, aunque le durase bien poco: comía el primero con desconfianza, pero luego se zampaba el resto de una tacada y a toda velocidad. Nunca supe a qué venía tanta prisa hasta que, siendo yo ya mayor, me habló de aquel día de su infancia de descargador de piedras en el que, por fin, pudo reunir unas monedas para comprarse esa empanadilla de mazapán anhelada hasta en sueños. Se le hacía la boca agua al pobre mientras la pagaba, pero esperó a salir a la calle para pegarle un mordisco. Cuando por fin lo hizo  comprobó que el dulce estaba lleno de gusanos….Supongo que por eso probaba el primer bombón de la caja con cautela y luego se los comía todos tan rápidamente como podía y sin ofrecer a nadie. Tenía algunas otras manías producto de su historia y su miseria pero no solía contarlas porque  no le gustaba mostrar debilidad. Se escribió un papel y un propósito y los cumplió hasta el final. Tanto, que se sacó la carreras de Económicas y la de Perito Industrial, aprendió inglés, francés y alemán por sí mismo y trabajo en cargos muy importantes de empresas anglosajonas hasta el final de su vida. Yo tuve todo y nada gracias a él, porque fui a un buen colegio, pero nunca disfrute de su tiempo ni de su apoyo. Cuando le dije que quería estudiar periodismo fue tajante: “Esa es una mierda de carrera, te la pagas, tú” Y así fue. Con todo, como los esfuerzos de mi padre (poco amigo de los curas y menos aún de Franco) nos procuraron un entorno acomodado, al menos a los ojos de los demás, a mí siempre me  han considerado una pija.  Lo curioso es que a  mi padre también. Tal vez porque mi padre desde siempre se empeñó en prosperar y cambió de barrio. O quizás porque ambos éramos rubios

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