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Teoría de la amortización

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Ahora que se acerca agosto y comienzan a aparecer estadísticas estúpidas sobre toda suerte de asuntos (la falta de noticias es lo que tiene), vuelve, como no, esa advertencia sobre los matrimonios, que según se establece en todos los medios, se la juegan en verano. Ya saben: más horas de convivencia,  trabajos domésticos mal repartidos, un presupuesto que no llega y se estira hasta el infinito… El verano no siempre implica el descanso merecido y a veces, entre el aburrimiento, la desgana y el no encontrar el espacio que se necesita, parece que se cuelan las miserias que corroen a las parejas estables. Pero a las mal avenidos, oigan, no a todas. Es decir, las que no soportan el verano y acaban en divorcio seguro que son las que ya andaban a punto de romperse durante las estaciones anteriores y lo habían ido posponiendo, de manera artificial, durante meses o incluso años. No digo yo que no haya que tener paciencia para superar las crisis, en verano o en invierno, pero a veces, si el calor llega a subirnos la temperatura hasta el punto de que nos atrevamos a hacer lo que desde hace tiempo queríamos hacer, la cosa no está tan mal. En “La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez”, el filósofo José Antonio Marina habla de la teoría de la amortización que, según cuenta, se da mucho entre los españoles.  Se la explico grosso modo. La teoría de la amortización se da, por ejemplo, cuando agarramos un libro, lo empezamos a leer y en la página 20 determinamos que va a ser un suplicio, pero no lo soltamos hasta el final, porque nos ha costado veinte euros y  no queremos tirar el dinero. O cuando vamos a un restaurante y pedimos un plato que nada más probar notamos que no sabe bien y no nos gusta, pero que no apartamos, porque sabemos que tendremos que pagar su importe…Lo peor es que a veces llevamos esa teoría de la amortización hasta el extremo y aguantamos veinte años en un matrimonio aunque sepamos que somos infelices en él, por todo lo que hemos invertido en la relación. Está claro que esa ley de la amortización tiene mucho que ver con la incapacidad para gestionar bien nuestras emociones en todos los ámbitos de la vida, incluidos los más importantes, como el matrimonio. Parece que en verano, a algunos  -lo dicen, insisto esas estúpidas estadísticas que se repiten año tras año- el termostato les coloca las ganas de aguantar bajo mínimos y hasta les lleva a decir que “hasta aquí hemos llegado” de manera subrepticia. Pues bueno, miren, ya está. Si sucede no es porque el “fuego en el cuerpo” de la época estival incendie las ideas, sino porque el calor  ha conseguido descongelar la tontería y propiciar la toma de decisiones… Bienvenidas sean.

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