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Suicidios

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Ahora que Sanidad quiere tomarse en serio la prevención del suicidio, recuerdo que, hace muchos años, cuando dirigía y presentaba en las madrugadas de la SER  el programa “Si amanece nos vamos”, me topé con una de las situaciones más difíciles de mi vida. Una de mis más fieles seguidoras, que se hacía llamar Kenan, me mandó un reloj con una notita: “Para que te acuerdes de mí después de esta noche, en la que me quitaré la vida”, decía. El paquete llegó apenas una hora antes de comenzar el programa que, según me anunciaba la oyente en su carta, escucharía antes de suicidarse.

Inmediatamente recordé la norma periodística de no hablar del suicidio, salvo cuando se relacionara con personas de relevancia o supusiera un hecho social de interés general, para evitar estímulos de imitación.  ¿El caso estaba dentro de esos parámetros? . Sabía que no.  Obviamente,  era igual al de esos miles de  personas anónimas que cada año intentan quitarse la vida y de las que jamás se habla. Sólo en España, se contabilizan más de 3.600 suicidios anuales, aunque tan impactante cifra sea prácticamente desconocida.   Algunos expertos sostienen que la mejor fórmula de combatirlo es no esconderlo ni tratarlo como un tema tabú, pero, ¿cómo no va a serlo si casi todas las religiones y  corrientes filosóficas lo consideran un acto de  cobardía e incluso una afrenta a cada dios correspondiente, amo absoluto de las existencias humanas? Los suicidas nunca estuvieron bien vistos. Sin embargo, ¿cómo juzgar a quien sufre cada día sin encontrar consuelo? Aquella madrugada en la  SER,   ese regalo envenenado  primero me inmovilizó, luego me llenó de ira  y, finalmente, pese a las reglas periodísticas, me empujó a contarlo todo…,a mi manera. Me coloqué frente al micrófono y, tras respirar hondamente para controlar mis propios temblores, dije: “Buenas noches, para quienes lo sean. No es mi caso. Esta noche me quieren hacer cómplice de un suicidio.  Y me parece una  bajeza.  Kenan ¿te quieres quitar la vida?  Pues hazlo. Pero, ¿cómo te crees con el derecho de adjudicarme un recuerdo que me impida vivir serenamente? Mátate, sí, pero no me traslades a mí el dolor que te provoca el mundo…” En segundos, la emisora se incendió y comencé a recibir insultos de los oyentes, por ese discurso “inmisericorde y brutal”… Hasta que, muy enfadada, llamó Kenan. Tuvimos una tensa conversación en antena y la reté a tener otra fuera de micrófono. Aceptó. Quedamos al día siguiente. Aquella noche no se suicidó y, que yo sepa, jamás volvió a intentarlo… Ojalá todos los suicidas avisaran y no llegasen culminar sus deseos. Por ellos y por quienes se quedan.

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