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La mala suerte de Marta Robles

Reseña publicada en Que el sueño me alcance leyendo

Recuerdo perfectamente el momento en que Marta Robles me dijo que finalmente se había animado y estaba casi finalizando su primera novela negra. Y lo recuerdo bien porque fue charlando tras la mesa de presentación de Obscena. Trece relatos pornocriminales en Getafe Negro, del que en esta semana estamos disfrutando de su XI edición. A los pocos meses publicaba A menos de cinco centímetrosy nos presentaba a Toni Roures. Quienes leímos la novela supimos que era un personaje con recorrido, de los que nos iban a traer nuevas alegrías lectoras. Aquí le tenemos de nuevo en La mala suerte: más hecho como protagonista, más sólido, más centro de atención… y esto lo explicaré más tarde porque creo que es una de las grandes señas de identidad de esta historia.

Personalmente he disfrutado mucho de la lectura de La mala suerte no solo por la historia en sí, sino por las muchas preguntas que plantea y que te hacen pensar. Marta solo las lanza, es tarea del lector encontrar su propia respuesta a cada una de ellas, pero resulta sorprendente cómo algunas nos remueven y nos hacen contemplar nuestras certezas con otros ojos. O quizá es que las dábamos por sentadas y ni siquiera nos las habíamos planteado.

“NUESTROS PECADOS SON TESTARUDOS, NUESTROS ARREPENTIMIENTOS COBARDES” – CHARLES BAUDELAIRE

Decía Cormac Maccarthy en No es país para viejosque “Nunca sabes de qué suerte peor te ha salvado tu mala suerte”. En ocasiones esa puede ser una realidad palmaria, pero para los personajes de La mala suerte no lo es tanto porque todos parecen señalados por una suerte aciaga que les marcó de un modo u otro. Sobre todo para Lucía Peña, una jovencita, casi una niña de 18 años, que desaparece volviendo a casa después de una fiesta de verano en Mallorca. Dos años después no hay ni un indicio, ni una sola prueba de lo que pudo sucederle, a pesar de que la UCO ha removido cielo y tierra para encontrarla. Incluso son muchas las voces que, sin pruebas físicas que lo sustenten, aseguran que Lucía no puede estar viva. Amanda Varela, su madre, no se rinde y decide contratar a Toni Roures para que trate de encontrar algún indicio, algo, lo que sea, que le permita volver a abrazar a su hija. Está convencida de que Lucía sigue viva en algún sitio. Roures acepta el caso y se traslada a la isla para tratar de mirar de otra manera lo que sucedió, lo que contaron los testigos, la familia, los amigos de Lucía. Ver de primera mano dónde ocurrió, hacerse un mapa mental y, con suerte, hallar alguna pista, un cabo suelto que se haya quedado sin atar flotando en el viento.

Toni Roures ha crecido como personaje en La mala suerte. En esta novela adquiere un protagonismo mucho más robusto que el que tenía en A menos de cinco centímetros, en la que se veía en parte tapado por la sombra fría y sofisticada de Armando Artigas. Ahora toma el mando y se muestra resolutivo y mordaz a pesar de que sus miedos y sus pesadillas siguen muy vigentes. También vamos a conocer a parte de su familia y de su historia personal que, como la de todos, guarda secretos y conversaciones pendientes. Roures sabe escuchar, lo hace de maravilla, pero sobre todo sabe escuchar lo que otros no han sabido oir. Domina el arte de pulsar las teclas necesarias, creando un ambiente de confianza, para que la sinceridad brote en algunos de los amigos de Lucía Peña. Pero también tiene un arte especial para tocar las narices cuando es necesario y tensar la cuerda lo suficiente para que alguien tropiece con ella. Como protagonista, Toni Roures es un motor diesel que ya ha adquirido la velocidad y las revoluciones necesarias para dejar huella. Y a pesar de todo, y para su alegría (por qué no decirlo) es capaz de caer de rodillas como un adolescente frente a una mujer que, como suele decir mi admirado Pérez-Reverte, “le pone a marcar el paso”.

Y es que las mujeres de esta novela son fuertes de muchas maneras, incluso después de haber estado hundidas, como es el caso de Amanda Varela. Tienen carácter, saben tomar las riendas. Y Marta les da el empaque suficiente para hacerlas protagonistas no solo de sus vidas sino de las que les rodean. Las mujeres de La mala suerte están llenas de matices porque, como la autora ha reiterado en varias entrevistas, ya es hora de que veamos como normales en las mujeres roles que parecen ser en exclusiva de los hombres. Las mujeres pueden ser buenas, malas, regulares, ambiciosas, duras, dinámicas, capaces de tomar decisiones, hasta las peores. Y aquí la mayoría se salen de los estereotipos habituales, lo que es muy de agradecer.

La protagonista absoluta de la novela, incluso cuando no está presente, es Lucía. Alta, guapa, llamaba la atención. Parecía tenerlo todo para ser feliz y, sin embargo, su vida era un gran infierno que se iba complicando a cada paso. Quienes habían de cuidarla por encima de todo, sus padres, están perdidos en un mar de odio. Se detestan y la guerra que mantenían (y aun mantienen) entre ellos les impidía ver nada más. Ser diferente hacía que apenas tuviese amigos, que sufriese acoso en el colegio. Y cuando encontró a alguien que parecía quererla, se dio de bruces contra un monstruo: uno de esos “chicos bien” tan normales, educados y encantadores, capaces de lo peor cuando su egoísmo manda. A Lucía nadie la cree, nadie la escucha y, quienes lo hacen, están marcados como indeseables por su familia.

La tragedia de los familiares de los desaparecidos está también muy presente en la historia. No solo han de sufrir la incertidumbre y la angustia, sino saberse en el punto de mira del entorno, de la policía, de los medios de comunicación si el caso se vuelve mediático. Ese querer saber qué ha ocurrido y, al mismo tiempo, no querer para no enfrentarse a lo inevitable. La lucha continua, a pesar de todo, por encontrar a quien ya no está pero podría volver a estar.

La galería de personajes de La mala suerte está perfectamente diseñada para que podamos empatizar con ellos u odiarlos concienzudamente. Javier Peña, el padre de Lucía, por ejemplo, y su nueva pareja son de esos protagonistas a los que esperas que les caigan las siete plagas de Egipto. Su catadura moral, su deseo de hundir a Amanda al precio que sea, les convierte en miserables. La familia de Javier vive de apariencias y de considerarse superiores y mejores por dinero y relaciones, aunque tengan los pies de barro. Carlota, la juez que lleva el caso de Lucía, una mujer de bandera que cumple con su trabajo con una eficacia y profesionalidad fuera de toda duda y que tiene una vida personal cuanto menos peculiar, llena por completo las páginas en las que aparece. El protagonista que más ternura acaba despertando es Carlos, el hermano pequeño de Lucía, que en los peores momentos del matrimonio de sus padres se refugió en los videojuegos. El niño que parece que no se entera de nada y que es ajeno a todo, pero que guarda mucho en su interior. Que sabe más de lo que nadie imagina pero se ve abocado a hacer cosas para las que no está preparado ni nadie debería pedirle.

Resulta muy enriquecedor en la novela que no conocemos directamente a los personajes por la única descripción del narrador omnisciente, sino por cómo les ven los otros personajes. Podemos verlos a través de los ojos de otros y eso hace que el caleidoscopio de sus personalidades alcance matices mucho más intensos.

Como os decía al principio, la historia de la desaparición de Lucía y la investigación de Roures son la base de la novela pero importantes son también las preguntas que Marta Robles nos pone ante los ojos. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por ser padres o madres? ¿Se es mejor persona por tener hijos, estamos más completos como seres humanos? ¿Por qué se mira con cierto recelo a las parejas que no los tienen? ¿Por qué hay quienes hipotecan vida y hacienda para conseguir tener un predacito de sí mismos en los brazos? ¿Es la generosidad la que los mueve o es el deseo de perpetuarse, de conseguir una versión mejorada de sí mismos? ¿Los hijos nos otorgan carta de naturaleza, nos convierten en buenos, sabios y sensatos?

La sangre tira, es un hecho. Nos guste más o menos, no deja de ser una realidad. Y los hijos son de tu sangre o, al menos, así es la mayor parte de las veces, por lo que son mayoría los que creen que nos da derecho a manejarlos a nuestro antojo. Pero ¿y cuando no lo son? ¿Los hijos adoptados son menos hijos? ¿Y los engendrados con otro semen, con otros óvulos? ¿Qué ocurre con los miles de embriones congelados, perdidos en un limbo legal durante años, vidas en potencia a la espera de germinar?

Que cómo es posible que el inquietante caso de la desaparición de una adolescente desemboque en todas estas preguntas y en algunas más es algo que debéis descubrir vosotros. Con La mala suerte Marta Robles da un paso más en ese enriquecedor mestizaje de la novela negra con la realidad social, incluso con la que menos nos gusta pero que está ahí aunque no queramos verla. Asomaos a ella y disfrutad de La mala suerte. Hay mucho más de lo que parece por descubrir.

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