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¿Quién ha secuestrado a Lucía Peña?

Crítica de Ángeles López sobre La mala suerte

El detective Roures –ex corresponsal de guerra, al que ya conocimos en su «A menos de cinco centímetros»–, solamente se le puede amar, como a los grandes investigadores sajones o al Falcó de Pérez-Reverte. En esta novela, Marta Robles enfrenta a su personaje a un hecho punzante: la desaparición de una joven en Mallorca, de la que, tras dos años de intensas búsquedas, no parece haber ninguna pista. Imposible no recordar a la asesinada Diana Quer… El 31 de julio de 2015, Lucía Peña, con 18 recién cumplidos, desaparece en la isla cuando volvía a casa tras una noche de fiesta. En julio de 2017 y sin el más mínimo avance en la investigación, Amanda Varela, la madre, no se resigna a darla por muerta. Decide contratar a Tony Roures para no dejar en el olvido el caso de su pequeña: ¿dolorosas inseguridades en la pubertad, malos tratos y abusos que no son considerados como tales, secretos familiares?… Todo cabe en esta trama tan sólida como perfectamente construida. Así, se inicia una intensa investigación por parte del detective que no solo tendrá que bregar con la falta de hilos de los que tirar para saber qué le sucedió a la muchacha, sino que se enfrentará a todo el conjunto de personas relacionadas con la joven, dispuestos a colaborar pero que ocultan más información de la que parece. También tendrá que luchar con personajes creíbles, como las mujeres de su entorno, con diferentes personalidades y modos de afrontar sus vidas.

Sentimientos dispares

Emociona el tratamiento que la autora da a la desaparecida, de la que se hace un perfil psicológico completísimo, así como el de su madre, el personaje que despierta sentimientos dispares y a veces contradictorios a lo largo de toda la historia. Decía Maurois que «la lectura de un buen libro es un diálogo incesante en el que el libro habla y el alma contesta». Y eso encontramos en estas páginas. Pero la narración da un paso al frente convirtiéndose en una novela vibrante que plantea más material de tinta que la mera actualidad y el eterno dilema: qué estamos dispuestos a hacer para convertirnos en buenos progenitores. En cada página percibimos la intención de utilizar la novela de misterio al más puro estilo Agatha Christie para realizar una crítica social tratando diferentes vertientes del caso. El desarrollo en paralelo y la confluencia final de varias tramas, que acaban encajando como en un puzzle, revelan un buen control de la maquinaria narrativa y el posible artificio que pudiera acusar se desvanece por el mero hecho de que nos enfrentamos a una obra, y por el no menos discutible de que a veces en la vida las casualidades pueden leerse como causalidades.

En cuanto a los personajes, todos están tratados con respeto hacia sus complejidades y cuando no pueden ser más, sin atisbos de nobleza, al menos lo son con la atención debida. En la obra hay visos de gran literatura; no es un ejemplo de narrativa de género sin más, sino literatura de la buena: esa a la que aún le sobran valores como el gesto humano y el sentido de la justicia. Tenemos autora para largo y para rato.

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