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El perfume de Espido

  1. Publicado en La Gaceta de Salamanca

Ahora que veo que mi colega y amiga la escritora Espido Freire acaba de sacar el perfume “Floral” unido a bello un relato –una estrategia comercial, está claro, pero algunas  tienen sentido y son dignas de celebrar-, no puedo evitar pensar en la importancia que tienen los olores en la literatura o en el cine. Más allá de aquella tan espléndida como aterradora novela titulada “El perfume”, de Patrick Süskind, la historia de un asesino marcado por los olores de su entorno, pero sin un olor propio, que busca constantemente, me viene a la cabeza cómo aquel tapón del frasco de perfume que destapa  una tarde de agosto la deliciosa “Amélie”, rueda hasta esa cajita con juguetes ,postales y recuerdos de un niño que vivió ahí mismo, décadas atrás. En El Puñal, del gran Jorge Fernández Díaz, la española actual y rotunda por la que bebe los vientos el protagonista de  la historia, el mercenario Remil, su gran personaje, huele a Chance de Chanel, mientras que la primera de las conquistas del Falcó de Pérez-Reverte, desprende el intensísimo aroma de Eau de Soir. En mis propias novelas, las fragancias siempre han jugado un papel trascendental,  y si en “Luisa y los espejos”, con la que gané el premio Fernando Lara  en 2010, no pude evitar describir como perfumaba su casa de Roma la Marchesa Casati, con sándalo y canela, en mi primera novela negra “A menos de cinco centímetros”, la protagonista se perfumaba con una fragancia de violetas, a juego con el color de sus ojos. Tal perfume se llamaba Misia y era un tributo a la mujer que fuera una de las mejores amigas de Coco  y su introductora al blindado mundo de la aristocracia, Misia Sert, esposa en terceras nupcias del famoso muralista español José María sert. Dicho homenaje olfativo, ocurrencia del “nariz” de la casa Chanel, Olivier Polge,  llenó de perfume de violetas las páginas de mi novela, desde el principio hasta el final. La siguiente, “La mala suerte”, que ando promocionando ahora por toda España, huele, por su parte, al Almizcle blanco con el que se perfuma la mujer más poderosa del relato. Una esencia perfecta para ella, según su madre, que se la regaló de niña, y  cuya publicidad reza “una fragancia para hombres y mujeres, símbolo de la elegancia y el equilibrio”.  Como ella misma dice “no sé si mi madre quiso decirme que era un poco andrógina o que necesitaba paz y calma”. Escarben en sus propios recuerdos y miren como la memoria escribe, en tantas ocasiones, a través del perfume. Nada deja tanta huella. O tan memorable. Ni envía tantos mensajes indestructibles…

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