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DESAHUCIADA

No puedo dejar de pensar en esa mujer de 65 años que se ha suicidado cuando iba a ser desahuciada de la casa en la que vivía de alquiler en el barrio madrileño de Chamberí. Desconozco el caso, no han trascendido más que unos pocos datos, pero inmediatamente mi alma de novelista ha viajado hasta el corazón de cualquier mujer, sola, sin dinero, cercada por la edad y aterrada por la posibilidad de una vida demasiado larga, pese a los pocos años vividos, que se siente incapaz de afrontar un futuro inhóspito, cruel, que no parece ofrecer ningún aliciente. Es una historia de desamparo, de infortunio, común a tantas personas de nuestro entorno, que acaban recurriendo al suicidio como vía de escape. En este caso, tal vez porque la palabra desahucio hace gastar más tinta, se ha sabido de la tragedia. Pero no suele ser frecuente.  En España , sin que aún exista un Plan de Prevención, se quitan la vida diez personas al día. Algunas, como esta pobre mujer, desesperadas ante un golpe del azar, eligen el camino que les resulta menos doloroso, otros, adolescentes quizás, se liberan de la culpa absurda que  les atenaza por no ser quienes sus mayores quieren, quitándose de en medio. Son dos motivos pero, ¡hay tantos más…!El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España desde hace 11 años. Y hace tan poco ruido, que no ocupa portadas ni se menciona en las tertulias. Mejor hacer como si no existiera, pensar que esas diez personas que se matan y esas veinte que lo intentan, tenían que morir. Cosas del destino. Pero no, no es el destino. Ni la mala suerte. Es la falta de comunicación, de oportunidades, la angustia, el miedo, la soledad… Todo eso mata en esta sociedad nuestra en la que “tanto tienes, tanto vales”, donde uno no puede ser ni feo, ni viejo, ni pobre, ni infeliz, porque si lo es resulta sospechoso e incluso contagioso y es mejor guardarse de él. El suicidio duplica las muertes del tráfico, pero no hay campañas en su contra. Tal vez nos abochorna pensar que los suicidas se matan porque no tienen quien les quiera, quien les proteja, quien les ayude. Porque los miramos sin ver y ellos, cuando se saben transparentes para siempre, son capaces de tirarse al vacío. Como esa mujer de 65 años, sola, infeliz, desahuciada.

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