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Redes y suicidio

Publicado en La Razón 

El suicidio, esa lacra que antes ocultábamos como si fuera la peor vergüenza de nuestra  sociedad, sigue siendo su más terrible tragedia. Las cifras de personas que se quitan la vida en nuestro entorno son escandalosas y más aún cuando se refieren a los adolescentes, instalados en ese lugar de la existencia donde todo está por descubrir y a veces lo que duele, duele más. Un ejemplo nos llega de las islas británicas, donde el número de jóvenes que se suicidan se ha multiplicado en los últimos ocho años. Allí, como en cualquier lugar, padres y allegados buscan las respuestas a muertes inesperadas como la de Molly,  una chica de 14 años, normal en apariencia, sin problemas señalados y cuya alegría desbordante jamás hubiera sido indicio de nada malo. El inevitable ¿qué pudo pasar? trasladó a los progenitores a investigar en las redes sociales de su hija. Las encontraron repletas de ansiedad, represión, autolesiones y tendencia al suicidio  e incluso indicaciones  de algunos otros adolescentes que le ofrecían las claves para quitarse la vida. Más allá de la específica sensación de miserabilidad de los jóvenes británicos, que al miedo al futuro unen la angustia anglosajona de estar obligados a alcanzar el éxito, los jóvenes del mundo entero sienten una presión abrumadora en las redes, al exponerse al juicio de los demás.. Por alguna regla no escrita, es obligatorio que ahora los jóvenes, británicos o no, muestren sus vidas al detalle en las redes y al hacerlo se ponen en manos de la envidia y la maldad de esa masa anónima dispuesta a pisotear  sin compasión la inestable autoestima de los adolescentes. Las fatales consecuencias, a la vista están. 

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