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Condenados por viejos

Publicado en La Razón

Saltan nuevas imágenes de ancianos maltratados en residencias y me explotan en la retina como petardos capaces de provocar ceguera. Lo peor no es el dolor o la vergüenza de comprobar que tales fechorías se  siguen cometiendo; lo más trágico de todo es que, sin ser ciegos, nos colocamos la venda para no ver, a menos que la televisión nos obligue. Yo vivo frente a una residencia. Y más allá de lo que ocurra en su interior -que desconozco y presumo que, en este caso, es perfectamente correcto-, soy testigo  de la soledad de tantos ancianos que padecen, no el maltrato de sus cuidadores, pero sí el de sus familias. ¿O acaso existe mayor maltrato que el desamor y el olvido?  Abandonados a una suerte que, si todo va bien, es la reclusión sin la presencia de los suyos y castigados por haber envejecido, notan como se extinguen sus ganas de vivir. ¿De qué sirvieron tantos desvelos si al final de su vida no tienen recompensa? La tristeza de sus días, todos iguales, apenas se difumina cuando, como regalo de alguna fecha señalada, reciben la visita de sus hijos o nietos. Los mismos que van a cubrir el expediente, con la prisa por escapar y por olvidar que un día ellos también serán viejos…Nuestra sociedad, la del bienestar, es la misma donde la última parte de la vida de tantos se resume en días en blanco y negro, con la única certeza de que la muerte anda al acecho. ¿Qué pasó con el respeto y admiración de las culturas antiguas a los ancianos? ¿Cómo es posible que en la nuestra por condenar la vejez nos sintamos más avanzados?

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