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El debut de Cristina

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Christina Rosenvinge es una de esas mujeres gloriosas que morirá –cuanto más tarde mejor- teniendo cara de niña. Hizo “Chas”en 1987, algo que aún no le han perdonado algunos intelectuales de la música que le recuerdan “que tuvo un pasado”. “Pasado tiene Mengele”, dice ella, “yo solo hice ‘Chas’ “. No imaginábamos entonces que aquella joven, delicada y rubísima nórdica, que cruzaba las paredes cantando,  dejaría muy pronto de ser un fantasma y se convertiría en un referente del rock experimental, o rock punk, o como le quieran llamar, gracias a su personalísima manera de cantar y de contar. La fragilidad de Christina es pura quimera. Ella es un torbellino, un volcán, una fuerza de la naturaleza, aunque hable suave y conserve el misterio de las rubias más rubias de la creación. Por eso, a fuerza de vocación y de autodidactismo, ha conseguido crear un personaje y ser, sin ninguna duda, una de las grandes estrellas de nuestra música. Con su último disco, El hombre rubio, ha ganado el Premio Nacional de las Músicas actuales, que le ha servido, además, de telón previo a su entrada en el mundo de las letras. Porque ella siempre ha escrito y en varios idiomas, con la necesidad de que la entendieran cuando cantaba (“necesito que me entiendan porque de voz ando justita”, confiesa) Pero solo eran canciones. Solo. Ya ven. Canciones. Que requieren su técnica y su métrica. Su esfuerzo y su sensibilidad. Su magia y su talento. Pero que para algunos solo son eso,  canciones. Por si alguien pretendía que eso no era escribir, ahora va Christina  y entra en el mundo literario rompiendo los tópicos. Lo  hace con ruido y con fuerza con su  “Debut” (Random House), un libro que empezó siendo un cancionero acompañado de un ensayo desde el que enseñar a escribir canciones y que al final, por obra y gracia del gran Claudio López Lamadrid, quedó convertido en un originalísimo volumen de memorias, que incorpora, ensayo, canciones, diarios y una reflexión de la propia vida de la autora, inventada a partir de los recuerdos. Con un prosa impecable, rica, directa y distinta, Rosenvinge nos desvela en él a otra Christina, casi desconocida, empeñada en vivir la vida con intensidad, aun a costa de tener que aparcar la inocencia y de verse obligada a atravesar los infiernos, con las mismas botas con las que pateaba las aceras de Nueva York. Su libro, tras cuya lectura unos le dan la enhorabuena por lo vivido y otros el pésame por lo mismo, está lleno de humor, de amor, de emoción, de canciones y de buena literatura.  Y es un “Debut” tan brillante que augura nuevos y deslumbrantes textos.  Yo desde aquí, los reclamo y los espero. Enhorabuena, Christina.

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