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“En mi familia hay una metáfora de España, de la Guerra Civil”.

Publicado en La Razón

 

VICTOR AMELA, periodista y escritor. Autor de “Yo pude salvar a Lorca” 

Tras leer el último libro de Víctor Amela, empiezo a conversar con él recordando aquellos versos de  Machado, “españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos España ha de helarte el corazón”. Son dos Españas  que han convivido en muchas familias,  aunque el silencio haya evitado que se cuente. Ese es el germen de la nueva novela de este periodista y novelista, donde narra la historia de su abuelo, Manuel Bonilla, un campesino de La Alpujarra, emigrado a Barcelona, que un buen día, siendo niño, le dijo la frase que incluye el nombre de otro poeta y   que da título a su relato: “Yo pude salvar a Lorca” (Destino)

 

¿Recuerda el día en que su abuelo le dijo aquella frase?

“Con precisión. Tenía diez años. Mis padres me dejaron un fin de semana en casa de mis abuelos, porque yo era el mayor de cinco chavales de  ocho, siete, seis y cuatro y ellos iban locos . Y yo me quedé en el paraíso. Podía leer mis tebeos y mis cuentos sin que nadie me molestara. Mis abuelos, nacidos en la Alpujarra, personas silenciosas, discretas y sufridoras, no me decían ni mú. Pero una noche, estando mi abuelo y yo solos en el comedor de un piso humildísimo del extrarradio de Barcelona (el barrio de la Trinidad), me dijo mientras apagaba la luz: “yo pude salvar a Lorca” Y me lo dijo en tono de confidencia, como si  atreverse a confesar eso a su nieto le supusiera un terrible esfuerzo. Yo me fui a la cama sin  entender muy bien qué me había dicho, pero no lo olvidé.  Y ahora que lo cuento es como si volviera a oírle decirlo. Está dentro de mí y ha sido lo que me ha llevado a indagar, rascar, e investigar durante muchos años hasta conseguir reconstruir la verdad que se esconde tras esa frase”

 

Una verdad que empieza con la actividad de “pasador” de su abuelo, ¿no?

Así es. La Alpujarra quedó roja –que no republicana-  y él, que  era muy cristiano cogía a gente que era más o menos cristiana o que no había pagado el impuesto de la UGT y  que estaba en peligro de muerte y la pasaba a la Granada azul, a la Granada Sublevada. Haciendo esas tareas fue como conoció a Luis Rosales. Entre ese pastor analfabeto que era mi abuelo y  ese chico refinado y poeta que era Luis Rosales se estableció una amistad, porque estaban en el mismo bando. Y un buen día, Luis Rosales le dijo a mi abuelo “me tienes que ayudar a salvar a Lorca”

 

¿Se atreve a desvelar sin destripar la novela por qué no pudo conseguirlo?

Digamos que fue una mezcla de factores miserables, tristes y desgraciados. El primero, que hubiera una persona que, para ganar una medalla y un sueldo, incriminara a Lorca. Me refiero a Ramón Ruiz Alonso . Él delató la presencia de Lorca en la casas de los Rosales e incriminó al propio Luis Rosales como un encubridor de rojo, porque quería que los Rosales cayeran en desgracia. Los odiaba por no haberle admitido en la Falange… Son motivos de miseria humana en un contexto de guerra en el que la vida de un hombre no vale nada. Ni siquiera la de Lorca, al que se cargan sin ningún problema, solo por un movimiento estratégico de la Guerra Civil interna, dentro de la Guerra Civil. O sea una guerra entre militares y falangistas dentro de Granada, dentro del bando nacional. Esa miseria humana se carga a Federico García Lorca, al que es facilísimo cargarse solo con decir que es un espía ruso, invertido y amigo de la República. Lo que pasa es que luego la sangre de Lorca cae sobre ellos hasta hoy.

 

Cierto. Hasta Franco tuvo que hacer esfuerzos para justificar el crimen de Lorca…

Tuvo que decir que había sido un tiroteo casual en una calle. Una bala perdida. Para Franco fue una pesadilla toda su vida, porque siempre que venían los embajadores extranjeros a España era lo primero que le preguntaban. Pero bueno, yo creo que es un crimen que hemos de redimir todos, porque al final los españoles somos responsables en nuestro conjunto, ¿no? Porque matamos a nuestros poetas y eso tiene que acabar. No puede ser que siempre acabemos sacrificando y matando a los mejores.

 

Esta es la historia de su abuelo ,pero usted también aparece en ella. ¿Era necesaria su presencia  para exorcizar ese tiempo endemoniado del que su esencia forma parte?

Cuando llevaba la mitad de la novela escrita, sentí esa necesidad de recordar al lector que quien le explica la historia es relevante y que el narrador soy yo. Es decir que no le estoy explicando algo que he leído o un recorte de Wikipedia, sino algo que me compete, me afecta, me interpela y me define.

 

¿Y por qué cree que necesitaba compartir esa historia, que aunque sea parte de la de España, es tan suya y tan íntima?

Para que se supiera, para que no volviera a pasar o para que el silencio no venza, se abra una luz y sepamos mirar el horror con compasión, entendamos que venimos de él y que no tiene sentido reeditarlo ni reivindicarlo de parte ni de bando, sino entender que todos fueron víctimas de sus circunstancias, de unas ideas que les arrastran.  Yo creo que Guerra Civil fue algo en lo que perdimos todos. A mí me impactó mucho que mi abuelo, que había emigrado de Granada a Barcelona, vivieran tan humildemente y de una manera tan oscura y tan silenciosa siendo del bando ganador. Entendí que en realidad la guerra la ganan tres o cuatro. El resto la pierde. Incluso los vencedores.

 

¿Usted se identifica con alguno de los bandos?

No quiero identificarme ni con los republicanos ni con los nacionales, quiero meter a las personas tomadas de una en una, con su tragedia.

 

Le hubiera sido difícil hacerlo, además, habiendo tenido a un tío dentro del Penal del Puerto de Santa María y a su abuelo fuera, de guardián ¿no?.

Y coincidieron en el espacio y en el tiempo. Por eso creo que parece que el destino me estaba diciendo: “Víctor escribe, que esto no pasa cada día, que en tu familia hay una metáfora de España, de la Guerra Civil”

 

PERSONAL E INTRANSFERIBLE

Víctor Amela nació en 1960, está separado, tiene dos hijos y se siente orgulloso “de su trabajo”. Se arrepiente “de no haber viajado más, de no haberme arriesgado más” Perdona, “pero no olvido nada”. Le hace reír “hasta respirar”. Le cuesta llorar “debería llorar más” A una isla desierta se llevaría “libros” Le gusta comer “gazpacho” y beber “cava catalán”. No soporta “secarme con una toalla húmeda” No tiene vicios “solo placers”. Antes soñaba “que corría y corría porque alguien me perseguía” pero ahora “no recuerdo mis sueños”. De mayor le gustaría ser “periodista” y si volviera a nacer sería “periodista”.

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