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Supervivientes

Publicado en La Gaceta de Salamanca

 

Ando encerrada escribiendo una nueva novela, en la que la sordidez y la miseria campan a sus anchas y donde ganarse la vida es un sacrificio, y perderla en menos de un chasquear de dedos, un escenario más que probable. Y todo por la desigualdad, la pobreza, la precariedad… Eso que lleva al ser humano a hacer cualquier cosa, hasta a perder la dignidad. Es muy difícil conservarla cuando no se tiene nada que llevarse a la boca. Cuando el agua potable está lejos. Cuando todos los sueños quedan a miles de kilómetros. Atrapada literariamente en estos lugares oscuros donde la existencia vale tan poco, veo, cómo no, de cuando en cuando, Supervivientes. Imposible no hacerlo. Tiene algo de hipnótico eso de contemplar a los seres humanos perdiendo las riendas de sí mismos al enfrentarse a las necesidades más básicas. Cuando nos llegan imágenes de tantos países desfavorecidos, contemplamos las imágenes con compasión. En el caso de las de este programa de éxito, lo hacemos con regocijo. Parece que nos gusta comprobar que los protagonistas de los programas de corazón e incluso algunos otros a los quién sabe qué, les empuja hasta ese paraíso convertido en infierno, por obra y gracia de la televisión, pueden verse en lo peor. Deseamos que pasen hambre, que se arrastren por el barro para conseguir algo que comer, que se maten entre ellos por conservar una estera sobre la que dormir… Seguimos sus peripecias desde nuestras casas, viendo como decenas de comentaristas improvisados, entre famosos, familiares y expertos en realities critican sus comportamientos y denigran sus figuras hasta el infinito. Los presentadores ríen, juegan, hacen bromas. La presentadora se cambia de bikini y ofrece indumentarias selváticas para que su glamour y su sonrisa de mujer bella y bien alimentada, contrasten con la precaria dieta y la higiene rudimentaria de los concursantes, con sus miserias a la intemperie. No es que no me guste el programa. Entono el mea culpa, porque me reconozco a veces sentada frente al televisor y olvidándome de cualquier problema ante los de estos pobres/ricos, que cobran fortunas por pasarlo casi tan mal como los pobres/pobres.  Pero luego la reflexión me obliga a avergonzarme y a recordar que medio mundo pasa hambre de verdad. Que no tiene agua corriente. Ni luz. Ni lugar donde dormir. Que haría cualquier cosa por comer o por vivir como lo suelen hacer en sus casas cualquiera de los Supervivientes en un día normal… Y entonces me siento mal. Y no sé si quiere volver a ver el programa.

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