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Camilleri y los demás

Publicado en La Razón

 

Andrea Camilleri ha muerto. Su corazón, de tanto latir en uno y mil personajes, fue desgastándose hasta que se paró. Contribuyó el humo del tabaco. Pero Camilleri, a sus 93, decía que ya le quitaron un buen día la luz de sus ojos, y que se negaba a que le hicieran lo mismo con los cigarrillos, aunque ya no fueran Phillip Morris.  Manolo Vázquez Montalbán, el amigo a quien tanto lloró a su muerte, relloró al recoger el IX premio Pepe Carvalho en BCNegra, y agasajó, previamente, con el apellido de su comisario Montalbano, también fumaba lo suyo, hasta que se lo prohibieron. Entonces se conformaba con una caladita de vez en cuando o con uno de esos puros con los que se jactaba de ahuyentar americanas. Por su parte,  Simenon,  a quien Camilleri conocía tan bien, entre otras cosas por haber sido el responsable del Maigret televisivo, fumaba en pipa, quizás porque era belga o porque resultaba más elegante en su época. Dirán ustedes que a qué ando enredando con el humo del tabaco hoy, que me despido de Camilleri. Pero es que me cuesta entender la novela negra sin ese humo  que todo lo envuelve. Y menos si imagino un viaje con estos tres maestros del género ya desaparecidos, y por qué no, con sus personajes. Por hacerle un homenaje a Camilleri, que nos acaba de abandonar, me iría con los seis  a Sicilia. Por eso y por llevarle la contraria a Italo Calvino, que estaba empeñado en que era imposible ambientar una novela negra allí. Retos a Camilleri, ya ven. Presiento que si me fuera con los tres y sus tres personajes, a la Sicilia de Montalbano, con sus barrios inventados, además de ahumarme como corresponde, comería de maravilla, acabaría atrapada entre el humor y la ironía, recogería mil y un guiños culturales escondidos y terminaría haciendo un juramento de amistad para toda la vida.  Sciascia, el verdadero maestro del género policial de Camilleri, que lo concebía como “un ejercicio de inteligencia y un arma sutil de denuncia” aprobaría a los escritores y a los personajes ,que serían todos  como los diseñaba su pupilo: “inteligentes, fieles a su palabra, reacios a los heroísmos inútiles, cultos, buenos lectores, que razonaran con sosiego y que carecieran de prejuicios”. O lo que es lo mismo, hombres “que cuando querían entender una cosa la entendían”, como escribió el propio Camilleri en su primer libro. Al final, todos leeríamos a Proust, a Musil, a Melville, a Dylan Thomas, quemaríamos ejemplares ya leídos, por amor o desamor a los libros y a la vida, beberíamos  cerveza y calvados, o vino del Penedés, o de Sicilia, y echaríamos de menos a Charo, a Louise Leonard y a Livia Burlando… Gloria a los tres maestros del género, que ya andarán juntos de parranda, y también a sus personajes, tan próximos entre sí,  que se quedarán con nosotros para toda la eternidad.

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