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La otra elegancia

Publicado en La Razón

Hace unos cuantos años, revisando uno de mis libros de cabecera,  El Debrett’s Etiquette and Good Maners, la biblia británica de las buenas maneras, me topé con la definición de elegancia del Cardenal Newman. Según este presbítero británico, convertido al catolicismo, elevado a cardenal por el papa León XIII,  beatificado en tiempos de Benedicto XVI y a punto de ser canonizado ahora por el papa Francisco (la ceremonia se celebrará Dios mediante, el próximo 13 de octubre), “La elegancia es no hacer daño a los demás”. Me llamó tanto la atención el concepto entendido de esta manera por el ya casi santo, que coincidía tanto con mi propio pensamiento, que fue el germen instantáneo de un libro de reglas no escritas que peleamos a cuatro manos mi colega y amiga Carmen Posadas y yo, titulado “Usted primero”. Dos días después de la muerte de Arturo Fernández, nuestro elegante por excelencia, cuando  se sigue hablando del corte de sus chaquetas o de lo bien que le sentaban los pantalones, yo  quiero aportar mi granito de arena, a modo de homenaje y decir algo más. A Arturo siempre le gustó ir bien vestido. Y desde luego elegía bien. Pero más allá de sus atavíos, la elegancia del “chatín” tenía que ver con su actitud, con ese no callarse y decirlo todo, pero sin molestar nunca ni hacer daño jamás. El Sr. Fernández era elegante vestido y seguramente lo sería desnudo (no tuve el gusto), porque su elegancia provenía del corazón. Se lo reconoce España entera y  lo hubiera hecho sin duda también el propio Cardenal Newman, que no hubiera encontrado a ninguna otra persona más adecuada para encarnar su definición de elegancia. 

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