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La muerte de un hijo

Publicado en La Razón

El jueves conocimos una noticia estremecedora.  Luis Enrique, ex entrenador de la selección por voluntad propia, comunicaba en Twitter la muerte de Xana, su hija de 9 años, tras cinco intensos meses de lucha contra un cáncer fatal. Agradecía las muestras de cariño de todos y la profesionalidad del equipo que trató y acompañó su hija hasta el final, con una serenidad impactante. Cada vez me importa menos el fútbol y Luis Enrique nunca me había caído especialmente bien o mal. Pero, de pronto, sentí ganas de abrazarlo. De no dejarlo solo. De ampararlo. La muerte de un hijo es algo tan bestia, que al padre que se queda sin él ni se le llama de manera especial: No se ha encontrado la palabra. Uno puede sentirse huérfano y dolerse. Pero quedarse sin ese hijo que naturalmente debería ser quien despidiera al padre en algún momento de su vida es tan contra natura que provoca algo más que dolor. Mi mejor y más querida amiga perdió a su hija hace años. Y ninguna de sus risas, sonrisas, besos, alegrías e incluso tristezas son iguales que cuando ella vivía. No es que no se pueda sobrevivir a la muerte de un hijo, es que hay que aprender a vivir de otra manera. Como hay que hacerlo cuando a uno le arrancan un brazo o una pierna o parte del hígado, que no deja de ser una víscera parecida al corazón.  Los hijos lo dan todo y lo arrebatan a partes iguales. Vuelven a los padres más valientes, pero también más vulnerables. Su dolor es el nuestro y cuando no están nos pasa lo que sucede con los miembros amputados: nos siguen doliendo.

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