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Gijón en la Semana Negra

Publicado en La Razón Viajes

Son casi las diez de la noche y empieza a ponerse el sol en Gijón. A principios de julio los días son tan largos que les cuesta dormirse sobre el horizonte. Ha hecho mucho calor durante la tarde inclemente, pero ahora, mientras el cielo se tiñe primero de naranja y luego de morado, comienza a soplar una brisa ligera que se agradece. Abandono el recinto de la Semana Negra sin poder evitar la nostalgia al mirar las carpas a las que no regresaré hasta el año que viene. Los súper héroes me despiden impertérritos sobre sus atalayas, mientras camino hacia la puerta, revisando por última vez las casetas desde las que se ofrecen libros o pulpo o  chuches o ropa o casi cualquier objeto que se pueda comprar y vender. El suelo accidentado no favorece el paseo con tacones pero yo me empeño en llevarlos cada año, para celebrar esta fiesta distinta. La única en la que, como dijo Paco Ignacio Taibo II, “se pone a los libros a bailar”. Danzar sobre los tacones y las palabras es un ejercicio mágico e inolvidable, que aquí se disfruta de otra manera. Así, entre bailes y palabras escritas y dichas,  me dirijo a ese templo gastronómico de comida honesta a buen precio que es El planeta, en el barrio de pescadores de Cimadevilla. Un restaurante/sidrería, un “chigre”, que dice los asturianos, donde comer no te agujerea el bolsillo. Antes de entrar, contemplo la belleza de la bahía, iluminada por las luces de colores de la noria de la feria. Es un espectáculo grandioso. Las horas se detienen durante la cena y pienso que Gijón es una ciudad que sabe aprovechar la vida. Al salir y poner rumbo al mítico hotel Don Manuel, porque el que han pasado los más grandes escritores, recorro con la memoria los momentos vividos frente a la playa de San Lorenzo, o la visita de urgencia a la Iglesia de San Pedro, al cerro de Santa Catalina, a la plaza principal de la Universidad Laboral, al palacio de Revillagigedo y al Elogio del Horizonte, esa escultura de Chillida que durante décadas fue el logotipo de Gijón y descubro lo que ya sabía: que necesito más días y más horas que las de la Semana Negra para poder disfrutar de esa tierra hospitalaria, donde el máximo atractivo reside en sus moradores. Ya lo decía Paul Bowles “los lugares no son sus paisajes sino las personas que los habitan” Y las que viven o encuentras en Gijón, añado yo, son del todo inolvidables.

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