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De uniforme

Publicado en La Razón

A punto de celebrar la Nochebuena uno de los problemas, más allá del menú y los lugares en los que sentar a la familia para que no haya asesinatos, es el del código de vestuario. El famoso, qué me pongo esta noche que no quiero pasarme ni quedarme corta. Porque aunque algunos lo consideren una frivolidad, la manera de vestir tiene mucho que ver con el mensaje que queremos enviar a los demás, de manera consciente o inconsciente. Y que existan ciertas normas establecidas, ayuda a que lo hagamos de la manera más adecuada para la ocasión. Lo curioso es que aunque la indumentaria tenga que ver con la personalidad de cada cual, puede ocurrir –y ocurre- que, de cuando en cuando, por obra y gracia de Zara u otras tiendas low cost, dos personas totalmente diferentes se encuentren cara a cara con idéntico disfraz.

Las maneras de reaccionar en esos casos, dicen mucho de la personalidad de ambos. Hay quien hasta celebra la duplicidad. Otros ni se miran, como si evitando hacerlo nadie se fuera a dar cuenta de la repetición de los modelos. Y hay quien se toma la coincidencia como una prueba inexorable de que, aunque hasta ese momento ninguno lo supiera y ambos hubieran pensado que se encontraban a kilómetros, hay algo invisible que los une, por encima de lo que los separa. A veces compartir vestuario, aunque sea sin intención, lima las asperezas de manera instantánea y hace cómplices a quienes en principio parecían enemigos. Partiendo de esa premisa y en estos días en los que las divisiones convierten las mesas en campos de batalla, igual convendría que las familias se vistieran de uniforme…

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