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“La vida no debe ser reírse tontamente de todo, pero sí muchísima alegría”

Publicado en La Razón

 

JORGE PARISE, cirujano pediátrico. Fundador y director de “Infancia y cirugía en Dangbo”.

Jorge Parise no es el único. Son muchos los voluntarios –y entre ellos numerosos médicos- que deciden dedicar buena parte de su vida a ayudar a los más desfavorecidos y a poner sus conocimientos y habilidades a su disposición, para mejorar en lo posible sus condiciones de vida. Eso es lo que pretende este cirujano pediátrico, a la cabeza de la asociación “Infancia y cirugía en Dangbo”. Uno de tantos lugares de África – en este caso de Benín- donde una bata blanca y un fonendo suponen un lujo de tal calibre, que son pocos los que tienen acceso a él. Ejemplos como el suyo nos vienen bien siempre. Más en estas fechas.

 

¿Cómo y cuándo empezó a ir a África para ayudar a tantos que no podían acceder a los servicios médicos que necesitaban?

Empecé operando en Kenia, en Turkana,  hace unos quince años con la fundación Emalaikat. Fui allí, a Kenia, durante algunos años y luego estuve operando en Camerún. Y después, de la manera más absolutamente casual, apareció la República de Benín en mi vida. Yo ni había oído hablar de ella.

 

¿Quién le animó a empezar la aventura de ayudar.?

Mi hijo, que es anestesista. Él colaboraba junto a un grupo de cirujanos de su hospital, el Ramón y Cajal, y una cirujana del Clínico, con la Fundación Emalaikat, en Turkana.  Yo empecé con ellos, después seguí operando, como te decía,  en Camerún, con el doctor Carlos Ortiz, que es un cirujano de adultos del Hospital Infanta Leonor de Vallecas y al año siguiente leí un libro magnífico de un misionero de la Sociedad de Misiones africanas y me enteré de que existía Benín. Casualmente, en mi hospital, que era el 12 de octubre  -ahora estoy jubilado-había un sacerdote de Benín, así que fui a hablar con él y llamamos por teléfono al Hospital Albergue del Amor redentor, que es donde operamos ahora en este pueblo del sur de Benín, que se llama Dangbo. Hablé con la directora, que es monja y médico, en 2013, y en 2014 ya estábamos operando allí.

 

¿Siempre pensó en ayudar a los demás? Porque ahora, como dice, está jubilado, pero hace quince años, no debía tener mucho tiempo…

Cuando era pequeñito leí un libro magnífico por el que conocí a un personaje magnífico que se llamaba Albert Schweitzer. Un teólogo que fue pastor protestante, luterano y además, médico, filósofo y uno de los mejores intérpretes de órgano que ha habido, sobre todo de Bach. El fundó un hospital extraordinario que se llamaba Lambarene, que todavía funciona, allá por 1900. Desde entonces siempre me quedé con la idea de que había que hacer algo. En casa siempre existió el espíritu de la caridad y hacíamos pequeñas cosas con Caritas, mientras yo seguía volcado en mi trabajo aquí como médico. Un día entré en contacto con muchos compañeros que iban a África y sentí mucha envidia, pero no me atreví a dar el paso. Tenía seis hijos y era muy complicado. No podía o no me salía, porque siempre se puede. Pero cuando mi hijo me dijo: “papá, necesitamos un cirujano infantil para Turkana”, en el norte de Kenia, le contesté: “ya tienes uno”

 

¿No le costó decidirse?

Se pueden hacer estas cosas de muchas maneras, pero en la mayoría de los casos que yo conozco se hacen con toda naturalidad. Es como una prolongación de tu trabajo aquí. Dices, “bueno, pues si allí no hay cirujano voy yo” ¿sabes? No es con otro espíritu. Simplemente sabes que hay necesidad y que tú tienes la posibilidad de hacerlo y vas, pero sin ningún sentimiento de estar haciendo algo extraordinario.

 

Pero los médicos en Benín, como en tantos lugares de África son extraordinarios. Hay uno por cada 10.000 habitantes ¿no?

Sí, hay muy pocos médicos y la medicina es muy cara.  Hay una red de hospitales públicos y ambulatorios, pero todo es de pago y bastante caro. Incluso en el hospital donde voy yo, que es de de la Diócesis, tienen que pagar, aunque yo no cobre. Es más barato que otros, pero tienen que cobrar porque si no, no habría dinero suficiente para que el hospital funcionara.

 

Sé que le dedica mucho tiempo y energía a todo esto. ¿Cuánto tiempo pretende seguir con este proyecto?

Bueno, cumplo 73 en enero, así que todo lo que me dé la vista y la mente. Al final la fe y la mente son lo que lo mueven todo. Mientras mi cerebro dé ordenes adecuadas y el cuerpo responda, ahí estaré

 

 ¿Qué es lo que más le cuesta?

Lo más fácil, entre comillas, para mí, es ir a operar a Benín. Lo más difícil es que la Asociación Infancia y cirugía en Dangbo, que es una asociación modesta donde me toca hacer prácticamente de todo, incluida la gestión. Y a mí la gestión me cuesta mucho.

 

¿Y qué le aporta personalmente?

La vida no debe ser reírse tontamente de todo, pero sí muchísima alegría, una alegría infinita. Ahora estamos por traer a un niño que vi en septiembre y que tiene una enfermedad que hay que operarla aquí porque requiere una cirugía muy complicada y mucho tiempo de cuidados intensivos y ahí no tenemos un quirófano magnífico donde podríamos hacer hasta trasplantes, pero luego la sala donde están ingresados los pacientes es muy deficitaria, oscura, está un poco sucia… Cuesta mucho mejorar algunas cosas allí. Así que nos vamos a traer a ese niño.  Y es una alegría ¿no?

 

¿Y no hay casos que le han dejado el corazón partido?

Absolutamente. Como lo mío son malformaciones congénitas, cada vez se ven menos en España, porque aquí ya casi no se deja que nazca un niño con el dedo torcido… Allí veo cosas tremendas en niños de 3 o 4 años, que me hacen sentir impotente.

 

¿Usted es creyente?

 

¿Y todo eso que ve le da la fe o se la quita?

No me la modifica. Las cosas son como son. Uno puede intentar modificar lo que se pueda, pero yo no puedo cambiar África, ni Benín ni España. Cuando veo un niño poli malformado, que son cosas tremendas,  se me parte el corazón, pero lo veo de manera distinta que si lo vieras tú. Estoy seguro. No es lo mismo ver las cosas desde el punto de vista humano que desde el médico, que lo comprende de otra manera. En fin, no modifica mi fe el ver todo eso.

 

PERSONAL E INTRANSFERIBLE

Jorge Parise nació en 1947 , está casado, tiene seis hijos, se siente orgulloso “de tener 14 nietos” Se arrepiente “de muchas cosas. No podría decir solo una. Bueno, de haber fumado…” Perdona, olvida, le hace reír “prácticamente todo” y llorar “prácticamente todo” A una isla desierta se llevaría “un trozo de pan”. Le gusta comer “pescado” y beber “vino blanco”. Su manía es “el orden”, su vicio “la ironía” y su sueño recurrente “que empujo una piedra por un tramo inclinado que pesa muchísimo”. De mayor le gustaría ser “cirujano infantil” y si volviera a nacer sería “cirujano infantil.”.

 

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