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Marta Robles: «Ser un héroe es reconocer los errores»

Entrevista publicada en La Razón

Publica «La chica a la que no supiste amar» (Espasa), el nuevo caso del detective Roures, que se verá implicado en una trama de prostitución y trata de mujeres. Adelantamos el primer capítulo

Más que una ficción, un personaje es, sobre todo, la creación de una conciencia. Marta Robles ha modelado a Tony Roures con una suma de remordimientos, equivocaciones y faltas, que son los alambres que sostienen las personalidades. Una novela necesita una mirada y ella ha tomado la de este detective, ex corresponsal de guerra, o sea, un idealista desencantado o un veterano de la desilusión, según se considere, para decapar esta sociedad de sus variadas hipocresías y brindarnos unas novelas negras con alma, mensaje y, también, con denuncia implícita, la de los males cotidianos, los de cada día, esos tan habituales y comunes que, en ocasiones, ya ni los prestamos atención, o no los miramos, o ni siquiera nos fijamos en ellos. Tony Roures nació en «A menos de cinco centímetros», prosiguió andadura en «La mala suerte» y alcanza, más maduro y baqueteado, más curtido, duro y reflexivo, su siguiente entrega, «La chica a la que no supiste amar» (Espasa), que es es el tercer caso del detective, que, por supuesto, no quiere indicar que forme una única y cerrada trilogía. «En esta historia se descubren los trapos sucios de nuestra sociedad, las decepciones que encierra, las traiciones que existen… todo eso que mueve las tripas del ser humano», comenta.

Marta Robles, que coincide con Siri Hustvedt en que la literatura no es masculina o femenina, aunque ella sí considere que las novelas tienen género propio, ha escrito unas narraciones violentas y de pegada contundente, con mucho perfil de varón y cimientos suficientes para que arraigue un detective, que, en el fondo, es un aventurero de lo moderno, un Odiseo de los días actuales. «La mejor manera de ser un héroe –asegura– es reconocer los errores. No significa ser perfecto y ser sublime sin interrupción, como sostenía Baudelaire. Quiere decir reconocer las equivocaciones y poner remedio. Es una heroicidad hacer eso. Lo que más nos cuesta es admitir nuestras propias equivocaciones, que no somos perfectos. El héroe muchas veces es el que no desea serlo, el que quiere contribuir desde su imperfección a que la vida de la persona que tiene lado sea un poco más justo».

Marta Robles, toda de negro, botas rojas, sonrisa de las que levantan envidian, habla/explica el argumento de su nueva apuesta, «La chica a la que no supiste amar», en la que existe amor, esperanza, desesperación, horror y mucha música, y que arranca con un disparo, «¡Bang!», puerta de entrada al nuevo caso de Roures, que, esta vez, se moverá por los meandros de la prostitución, la trata, la droga y otros valles marginales que nos circundan. «Todo lo que rodea a la trata de mujeres me impresiona mucho. Pero esta vez quería ir a lo más bajo. Ser mujer, estar prostituida y ser negra es muy duro. Pero en el caso de las nigerianas es aún más doloroso y delicado. Hablé con cinco de ellas. Cada una me contó su historia y todas son semejantes: la miseria de las familias, un mundo injusto y un camino que las aboca a un callejón sin salida».

–¿Ser mujer todavía penaliza?

–Salvo en determinados puntos del mundo, sí. Incluso en las sociedades occidentales, en EEUU o Europa, depende de dónde nazcas, también. La igualdad no está lograda. En Occidente hablamos de techos de cristal. En otros países, las mujeres no tienen ni los derechos fundamentales. En nuestro país, si ves a los sin techo, te das cuenta de que viven una situación es terrible. Pero si, además, esa persona es una mujer, resulta aún más duro. Existen naciones donde todavía la mujer no ha accedido casi al reconocimiento de ser humano y tienen que obedecer, están privadas de voz y carecen de voto. Ser mujer penaliza en muchos lugares del mundo.

–En su novela aparece el vudú como una herramienta para doblegar la voluntad de estas prostitutas.

–Es capaz de someter a las personas sin esperanza e ignorantes. El vudú no hace daño a nadie, salvo a los que creen en él. A los que sí creen, les puede doblegar la personalidad y convertir en esclavos de por vida. Las mujeres nigerianas lo sufren. Están sometidísimas. Aparte de la deuda del viaje, que tienen que pagar, deben cumplir con las tareas que se les impone y afrontar el vudú, que, consideran, puede hacer que se vuelvan locas, mueran o afectar a sus familiares. A lo terrible que es que traten de subyugarte se añade la magia, que es horrible, porque vives aterrorizado.

Marta Robles, que publicará el libro el próximo día 9, ha hecho una novela de novelas, una trama como eje axial, pero a la que se enredan otras subtramas, algunas que tienen que ver con drogas, otras con los afectos del protagonistas, dando como resultado una obra con personajes y paisaje (ahí está Castellón y el Madrid de Malasaña). Pero que también aspira a ser una invitación a la reflexión. «Sobre todo quiero que los hombres piensen. Muchos de ellos dicen que nunca han ido a un burdel, pero sí que lo han hecho. Me gustaría que fueran conscientes de qué han estado haciendo, de que están comprando carne humana. Quería que lo vieran. Este mercado tiene oferta y demanda. Si nadie compra, nadie vende. Me gustaría que se arrepintieran, porque algunos de lo que van no saben lo que ocurre alrededor de la prostitución y aquí lo pueden ver».

–¿Tenemos todavía una educación machista?

–Nos quedan rasgos de ella. Y en los últimos tiempos vivimos una involución. Sobre todo entre las adolescentes. Ahora muchas jóvenes permiten que sus novios les miren el teléfono, consienten los celos y otras cosas que habíamos erradicado en mi generación. Son inadmisibles, pero algunas las ven normales. Esto y el contacto con la pornografía a través de internet en edades tempranas provoca el sexo grupal, las manadas, el sexo de pago.

 

“¿Para qué coño sirve una puta sin tetas?”

Adelantamos el primer capítulo, «Callaíta», de «La chica a la que no supiste amar», un arranque seco y duro para el nuevo caso de Roures

¡BANG! En mucho menos de un segundo, la bala que sale de la pistola que el tipo desenfunda por sorpresa atraviesa el cráneo de la chica y provoca su muerte instantánea. Minutos antes del disparo, ella se ha levantado de la cama y despojado de la ropa –un camisón muy corto, rojo, de nailon brillante y unas bragas del mismo color y material– y permanece desnuda y en silencio, mirando al hombre y esperando sus instrucciones. Él inspecciona su cuerpo mutilado, con el rostro impasible, antes de pronunciar palabra. –Vuélvete– ordena por fin.

Ella, obediente, se gira y se coloca contra la pared, pero se queda a unos centímetros del muro. No quiere tocarlo: está sucio de miseria y mil veces salpicado de semen. «Está asqueroso –piensa–, tendré que limpiarlo uno de estos días».

Entonces el tipo saca la pistola de su cinto, con asombrosa rapidez, y dispara sin dudar. ¡BANG! La bala se estrella contra la cabeza de la chica, que rebota en esa pared sucia y mil veces salpicada de semen que ya jamás limpiará, dejando una casi imperceptible huella roja. Ella se desploma como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos y se queda boca arriba, con los ojos abiertos. Un exiguo hilo de sangre mana del pequeño, redondo y perfecto agujero por el que ha salido el proyectil, situado en el mismo centro de su frente.

El tipo, aún con la 9 mm Parabellum humeante en la mano, revisa de nuevo, con atención, el hermoso cuerpo sin vida de la joven. Una mueca de desagrado se dibuja en su rostro inclemente al llegar a las enormes cicatrices que ocupan el lugar de cada uno de sus pechos.

–Una puta sin tetas –murmura entre dientes, con desprecio–. ¿Para qué coño sirve una puta sin tetas?

Se guarda el arma con tranquilidad, se ajusta la chaqueta, se atusa el pelo con ambas manos, respira hondo, abre la puerta y abandona la habitación. En el pasillo se oye la música que llega del salón. «Callaíta», de Bad Bunny. Puro reguetón a todo volumen.

–¿Has oído? –dice un hombre borracho que sale del cuarto contiguo–. ¡Otro petardo! ¡Me tienen hasta los mismos cojones los putos niñatos de las despedidas de soltero, joder! ¡Anda y que les den mucho por el culo! ¡No le dejan a uno ni follar tranquilo!

El hombre que acaba de matar a la chica ni siquiera le dedica una mirada y continúa caminando con parsimonia por el corredor, hasta llegar a la sala principal del local. Allí la música tiene aún más presencia y las mujeres deambulan de cliente en cliente, ataviadas con minúsculos conjuntos de colores chillones, muy parecidos al de la muerta. El tipo se acerca a la barra y se sienta en uno de los taburetes, junto a una de ellas, que le dedica una sonrisa forzada.

–Niño, ponme un whisky –le pide al camarero.

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