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Supervivientes

Publicado en La Razón

El otro día vi una gala de Supervivientes. No suelo ver el programa pero a veces, qué quieren, me engancho a esa exposición impúdica de la intimidad ajena. Así compruebo que en los momentos extremos, uno tira de donde puede. De lo bueno y de lo malo. Es muy raro que solo salga lo primero, porque no hay quien no tenga zonas oscuras. No analizaré las de los participantes, que para eso Telecinco tiene toda suerte de “expertos” hablando a favor y en contra de cada uno de ellos. Solo diré que las imágenes me tocaron el estómago hasta la nausea. Y no por los comportamientos de los concursantes, sino por el propio juego o llámenlo X. Verán, será la sensibilidad que me ha despertado el Coronavirus, pero con el hambre acechando a tantos en estos tiempos de pandemia y la crisis correspondiente que se nos viene encima a todos, siento vergüenza hasta las lágrimas al ver que desde la televisión se recompensa a quien más hambre pase. Cuantos más kilos se pierdan y más deteriorado quede el individuo, mejor. Así podrán aflorar más fácilmente las bajas pasiones  y la envidia, el egoísmo y hasta la violencia mental o incluso física, quedarán en evidencia. No se trata de ver si una persona es capaz de desenvolverse en un medio adverso, sino cómo de miserable puede volverle la adversidad. ¿Por qué consentir en mostrar lo peor de uno mismo y además insistir en que es la mejor experiencia? Dicen: “lo hago por hijo” “por mi hermano”, “por mi padre” Pero la realidad es que la recompensa es la fama y el dinero. Por pasar hambre. A otros…, les cuesta la vida.

 

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