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«Existe una relación entre la salud de nuestro sistema digestivo y la salud mental»

Publicado en el suplemento de salud de La Razón

Iñigo Rubio Zavala, psiquiatra de la clínica Mente A Mente, Madrid (www.menteamente.com)

¿Una dieta saludable puede prevenir patologías psiquiátricas de ansiedad?

Sí, hay estudios que apuntan a que una dieta como la mediterránea puede disminuir la incidencia de depresión y ansiedad. Pero los estudios hay que interpretarlos con prudencia y evitar extraer de ellos verdades categóricas. ¿La alimentación influye sobre la salud mental? Seguramente sí. Pero, ¿es la dieta el principal condicionante de la salud mental? Seguramente no. ¿Se pueden tratar o prevenir las enfermedades mentales únicamente con una buena alimentación? Probablemente tampoco.

En realidad, somos pura química, y la reacción de nuestro cuerpo puede ser diferente sin determinados minerales o vitaminas o con exceso de ellos ¿también la de nuestra mente?

Sí. Todavía estamos empezando a comprender, a nivel fisiológico, de qué manera la alimentación influye sobre el funcionamiento del cerebro. Pero hay cosas que ya sabemos. Hace ya más de cien años que se  descubrió que la carencia de ciertas vitaminas podía producir enfermedades mentales. El déficit de vitamina B3 es la causa de la Pelagra, que produce todo tipo de alteraciones psiquiátricas. El déficit de vitamina B1 (Tiamina), asociado al alcoholismo, es la causa del síndrome de Wernicke-Korsakoff. Y también las alteraciones de los electrolitos alteran el funcionamiento normal de la mente. Ahora bien, la alimentación ha mejorado tanto en el último siglo que hoy día estas enfermedades son bastante raras.

¿La grasa afecta de manera determinante sobre la ansiedad?

Se han publicado estudios científicos que sí relacionan dietas altas en grasas con un mayor riesgo de ansiedad y depresión. Pero esto habría que matizarlo, porque no todas las grasas son malas. Las grasas son un nutriente esencial para el ser humano, como también lo son los carbohidratos y las proteínas. No es cuestión de demonizar ninguno de ellos. El problema no es que un alimento tenga muchas grasas, sino la calidad de las mismas. Las grasas saturadas y las grasas trans son más perjudiciales. En cambio, las grasas insaturadas y poliinsaturadas, como las que proporciona el aceite de oliva, los pescados azules o algunos frutos secos, son muy beneficiosas.

En mi opinión, lo que afecta de forma determinante a la ansiedad no son las grasas, ni tampoco una mala alimentación. La ansiedad tiene mucho que ver con el miedo y la sensación de peligro. Cualquier conflicto que amenace con hacernos perder algo que nos es querido, ya sea una persona, un trabajo, la salud, o la seguridad, puede hacer que suframos de ansiedad. En última instancia, lo más fundamental para una buena salud mental es gozar de relaciones personales satisfactorias, en la pareja, familiares, de amistad y en el trabajo. La soledad, la incertidumbre, la violencia, la injusticia o la incomprensión son peores que cualquier hamburguesa, cerveza o patata frita de bolsa.

¿Y sobre el dolor?

Efectivamente, parece que también existe una relación entre el consumo de una dieta alta en grasas y el aumento de dolor.

¿Qué otros alimentos pueden influir en el funcionamiento de nuestro cerebro?

En los últimos años se está investigando cada vez más en el papel que juega la microbiota de la flora intestinal sobre el organismo, y en concreto, sobre el sistema nervioso central. Algunos han llamado al intestino delgado el “segundo cerebro”, debido al elevado número de neuronas que lo inervan. Es pronto para extraer conclusiones, pero lo que apuntan algunos científicos es que existe una relación entre la salud de nuestro sistema digestivo y nuestra salud mental.

Si nuestro cerebro requiere, como nuestro cuerpo, una alimentación saludable para su mejor funcionamiento ¿hay que cambiarla dependiendo del momento por el que atravesemos?

No. Salvo que padezcamos alguna enfermedad importante, o debido a una práctica deportiva, o a otras situaciones especiales, como por ejemplo un embarazo, cuando sí puede ser preciso algún tipo de suplementación.

En una situación de estrés como la que supone la pandemia en nuestras vidas ¿convendría reforzar la alimentación desde algún punto de vista?

Más que reforzar la alimentación, yo diría que conviene no perder hábitos saludables ya adquiridos. Los horarios de las comidas y las rutinas asociadas a ellas, como el comer o cenar en familia, también son buenos para nuestra salud mental.

¿Y erradicar algún alimento de ella?

Paracelso decía que es la dosis la que hace el veneno. La mayoría de los alimentos no son malos en sí mismos, sino solamente en la proporción en la que se ingieren. No soy amigo de las prohibiciones ni los anatemas. Se puede comer de todo y beber de todo, pero en su justa medida.

¿Qué hay del alcohol? Se supone que el consumo de alcohol potencia el estado de ánimo por el que se atraviese. En una situación de estrés, ¿el alcohol calma o angustia más?

A largo plazo, el consumo habitual de alcohol perjudica la salud mental y favorece la aparición de ansiedad y depresión, eso lo tenemos clarísimo. Pero también es verdad que, en un momento puntual, hay pocas cosas que se disfruten más que una caña, un vinito o un coctel bien servido, sobre todo si es rodeado de buenos amigos.

Todo el aumento de alcohol y de azúcares durante la pandemia ¿tiene algún tipo de explicación psiquiátrica?

Sí. En una situación tan excepcional como ésta, en la que por primera vez en la historia la población un país entero (o varios) ha permanecido completamente confinada en sus hogares durante semanas o meses, la salud mental de la gente se ha resentido. A todos nos ha afectado la pandemia, de alguna manera u otra. La incidencia y la depresión han aumentado de forma alarmante, y no solo entre los ancianos. Es normal que en este escenario tan atípico la gente haya tratado de procurarse cierto alivio recurriendo cosas que nos procuran un goce rápido e instantáneo, como el alcohol y los azúcares, aunque a largo plazo nos puedan perjudicar.

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