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El perfecto imperfecto

Publicado en La Razón

Ha muerto Maradona. Y con él un mito, una etapa y un sueño. Más que al hombre, el pueblo argentino ha enterrado su talento descomunal. En las mesas de debate de las televisiones, los tertulianos –y sobre todo las tertulianas- no dan crédito a tanto fervor. “En lo personal no era un ejemplo”, dicen. “No descubrió nada ni contribuyó a la paz”. Y no, no lo hizo. Pero sí reconstruyó las ilusiones de los argentinos. Los volvió grandes con él, imbatibles y únicos. Es muy estrafalario esto de querer que los seres humanos sean perfectos. Todos tenemos escaparate y trastienda. Hasta la madre Teresa de Calcuta. El buenismo de lo políticamente correcto lleva a la Falacia del Nirvana. Lo irreal no es mejor que lo real, aunque sea lo óptimo. Porque no existe. Por eso Voltaire recogió esa frase en su diccionario filosófico  de “lo mejor es enemigo de lo bueno” o el duque de Albany pronuncia en el Rey Lear de Shakespeare aquella otra de “agitándonos para alcanzar lo mejor maleamos a menudo lo bueno”. No hay perfección en la tierra. Y menos aún en los seres humanos. De ahí que hayamos de amar, “pese a tus defectos y mis reproches”, que decía Oscar Wilde. Maradona era un hombre imperfecto pero, posiblemente el más perfecto de los futbolistas. No salvó a la humanidad de la viruela, pero probablemente si rescató a muchos de la tristeza, del complejo y hasta del miedo. Un cuadro de Picasso –un hombre nada ejemplar- puede devolver la fe y un solo gol de Maradona a Inglaterra en el mundial de 1986,  restituyó la dignidad a los argentinos tras la guerra de las Malvinas.

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