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Monstruos

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Ayer por la noche, combatiendo el insomnio con el zapping, me encontré en Telecinco a una pobre chica recibiendo,  en su encierro compartido con varios compañeros, las duras noticias que le dosificaba un presentador, a modo de tortura a plazos. El artífice de tal suplicio, no era otro que el afamado y polifacético Jorge Javier Vázquez, que presenta, actúa, canta, baila y “maltrata”, con  rijoso humor a los concursantes que participan en esos realities, que él conduce como nadie. Hacía tiempo que no lo veía y me admiró encontrarlo con el pelo azul pitufo , más histriónico que nunca y tan profesional como siempre. Nadie dirá que no se gana el sueldo. Frente a él, se encontraba Isa Pantoja, la hija de la viuda de Paquirri. Viene al caso señalar la viudedad de su madre, porque todo lo que llegó a los oídos de la hija, tenía que ver su hermano Kiko, hijo del torero  fallecido así como con  la herencia de este y las estratagemas reiteradas de la tonadillera y madre de ambos, para evitar que las pertenencias  de Francisco Rivera llegaran a ninguno sus vástagos, saltándose a la torera el testamento del diestro. La pobre Isa, naturalmente, nada tiene que ver, ni de lejos, con los Rivera, pero le llueven las miserias que se ciernen sobre los Pantoja, a cuyo clan pertenece, le guste  o no. Verán, más allá de que todo esto es un culebrón,  y de que sus protagonistas están más que acostumbrados a exhibirse como actores de telenovela y a ganarse el pan a la luz de los focos, todo me pareció  inmoral. Aquella chica parecía tan frágil, empeñada en limpiarse las escuetas lágrimas de los ojos y encontrar un discurso  con el que sostener el amor a su madre y a su hermano, pese a los desencuentros de antaño, que  trataba de achacar a otros pantojos, para liberar a los principales, que me provocó una infinita ternura y hasta sentí una súbita aflicción. Sin embargo, pese a la impecable interpretación de Jorge Javier, en la que mezcló seriedad, gravedad, humor, misterio y todo cuanto contribuyera a que la audiencia del programa fuera in crescendo en aquel ritual,  tuve la sensación de que a él, todo aquello no le provocaba ni frío ni calor. Bueno. Lo entiendo. Si no, sería difícil que hiciera tan bien su trabajo. Sin embargo, no sé por qué, me vino a la cabeza eso que escribió Shakespeare – cito de memoria así que no busquen literalidad-sobre que, “quien no siente el dolor ajeno, acaba convirtiéndose en un monstruo”. Al igual que los ricos, los televisivos también lloran, sufren y se rompen en pedazos difíciles de recomponer. Por eso me aterra que quienes juegan con ellos (porque ellos se dejan), lleguen a ese día en el que el dolor no les conmocione y acaben convirtiéndose en monstruos, sin darse cuenta…

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