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Devuélveme a mi chica

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Hace una semana tuve el honor de ser invitada al programa Horizonte de Iker Jiménez, del que siempre he sido muy fan. Creo que en los platós que gobierna Iker -compartidos con Carmen Porter- se respira libertad, emoción y respeto. Todo junto. Increíble, pero cierto. Y eso que se abordan los temas más espinosos. Como muestra, el de este día, que iba de ofendidos, de corrección política y de revisionismo. Una bomba del siglo XXI capaz de dejarnos sin historia, a costa de los Torquemadas modernos. “No se puede revisar el pasado con los ojos del presente”, dije para inaugurar mi participación y repito ahora. Ni siquiera se puede mirar a otros espacios donde hay otras circunstancias, sin tener en cuenta las diferencias. La memoria es imprescindible para la evolución. Y más allá de los documentos sobre hechos fehacientes, las obras de creación literaria, plástica, musical y hasta publicitaria, así como las costumbres, la jurisprudencia o la medicina, son las que nos enseñan a comprender el presente. Saber la consideración que del amor, la pasión, los derechos, la higiene o hasta la dieta se tenía tiempo atrás nos ayuda, entre otras cosas, a dilucidar dónde estamos en la actualidad. No podemos quedarnos solo con los aciertos y olvidar las injusticias del pasado, ni los errores, ni tampoco pretender borrarlos. Por eso no entiendo ese afán de algunos -casi siempre malos creadores- empeñados en reinterpretar algunas obras de arte (a veces sublimes) que retratan las vilezas humanas de otros tiempos o incluso de este.

No se trata de hacer desaparecer las pruebas de los crímenes sino de que, ahora que sabemos por la historia o por las manifestaciones de creación qué determinados tipos pueden dañar o matar, consigamos ponérselo lo más difícil que sea posible a los malvados. En el contexto del programa salió a relucir de todo, incluidas las letras de las canciones y ,al hablar de “Devuélveme a mí chica”, de Hombres G, con mi siempre querido y admirado David Summers -otro de los invitados-, expuse que entendía que ahora se asociara esa expresión a la pertenencia de las mujeres a los hombres, que durante siglos formó parte de la costumbre. Ni se me ocurrió sugerir que la letra se tuviera que modificar o perseguir. Yo que la escuché, bailé y canté desde el principio, porque es de mi tiempo, me siento con el derecho de poder conservarla como parte de mi propia historia. Otra cosa es que entienda que no esté de más explicar en nuestros días, que esa frase queda un poco obsoleta, porque corresponde a un pasado donde, por el estado de las cosas y la legislación, aún se pensaba que se podían devolver o poseer a los seres humanos, aunque infinidad de hombres y mujeres -empezando por el propio Summers- la cantáramos, sin siquiera pensar en esa intención. Aún hoy, el sentimiento de propiedad de algunos –no todos, por favor, aunque confunda el ruido-, invita a seguir dando pasos hacia delante; pero nunca borrando las pruebas de que, por ejemplo, en los 80, esa pertenencia aún se consideraba algo tan natural dentro de la pareja, como para aparecer en una canción sin que nos pareciese extraño a tantos que la cantábamos, aunque jamás la hubiésemos tolerado.

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