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Lorenzo Caprile

«Me repele la parafernalia que envuelve al mundo de la moda»
– Modista –

DE CERCA
«Lo de las ‘‘celebrities’’ es un arma de doble filo. A veces ayuda a que se conozca tu trabajo, porque yo no hago pasarela, pero otras puede hacer pensar que soy un petardo, que seré carísimo, que sólo visto a famosas… Y no. Por lo que veo en la calle, tenemos una buena relación calidad-precio, ética y transparencia».

Caprile dice que lo suyo no es alta costura, que eso son palabras mayores, que es más bien «confección a medida de altísima calidad».

Pero si le oyen en su taller, con las horas que le echan a sus modelos, «me acuchillan». Lo incuestionable es que sus trajes, de novia o de fiesta, son dignos de cualquier princesa del mundo. De hecho, los han llevado nuestras Infantas y nuestra Princesa de Asturias, y todas las mujeres que los eligen se sienten auténticas reinas.

–Caprile suena a italiano ¿Es usted español?
–Pues lo soy ante la gente, pero aún conservo el pasaporte italiano, así que ante la Ley, no.

–Bueno, pero si Isabel La Católica apoyó a Colón, la Familia Real actual hace lo mismo con Caprile ¿no?
–Sí, pero vamos, lo cierto es que, como ya voy teniendo mis años, la ventaja que le encontramos mis primos y yo a lo del pasaporte italiano es que nos libramos de la mili. Se nos ha olvidado ya, pero en aquel momento era un dato importante.

–Cuénteme cuál fue el primer encargo de la Familia Real…
–Eso lo puedo decir porque es oficial: fue un traje que llevó Doña Cristina la víspera de la boda de la Infanta Elena, en la fiesta previa. Me llamó Enrique de la Condesa.

–Supongo que le gustaría el vestido de otra princesa, Carla Royo Villanova, y por eso le llamó…
–Me imagino que habría visto el vestido de Carla, pero, además, ya había un par de primas suyas que se habían casado con vestidos míos.

–Realeza, nobleza… Debe de ser que sus vestidos, se sea o no, hacen sentirse princesa…
–Lo que son es muy femeninos. Yo nunca he sido abanderado de ser el más moderno de la fiesta ni el más original. Yo creo que el día de la boda tu clienta tiene que estar espectacular, guapísima y que importa poco que el traje sea moderno o actual.

–Porque sus trajes tienen algo de antiguo, ¿no?
–Yo a mis clientas les digo que no se obsesionen con las modas, porque se supone que lo de la boda es para toda la vida y dentro de veinte años les gustará ver sus fotos y seguir encontrándose guapísimas. Y yo creo que mis trajes envejecen bastante bien. Acabo de ver el de Doña Cristina del año 97 y sigue siendo una imagen bellísima y actual de la que no creo que ella se avergüence.

–Decía lo de antiguo por lo que le gusta un corsé… ¡Y eso que es admirador de Chanel!
–Pues soy devoto de Chanel, aunque en el último libro que he leído sobre ella se cuente que fue colaboracionista de los nazis y tantas otras cosas… pero es que era uno de los monstruos del siglo XX. Si tú hoy vistes así, con un pantalón, un cárdigan de punto, complementos dorados y maquillaje, se lo debes a ella.

–Y también no llevar corsé, que si por usted fuera…
–Es que yo entraría más en esa otra escuela que ella combatió toda su vida, en esos modistas que intentan transformar el cuerpo mediante trucos y artilugios como concepto general para la moda. Sin embargo, me parezco a ella en que me repele la parafernalia que envuelve a nuestra profesión. Ella la combatió  desde  el principio, de hecho sus perfumes eran con un número en vez de un nombre fantasioso, su estilo era art decó, muy lineal, y no era un personaje extravagante como pudo ser Elsa Schiapparelli, que estaba todo el día dando fiestas de disfraces…

–Con Chanel, además, comparte el gusto por el tabaco. ¿Es su único vicio?
–El más confesable. Bueno, también vivo rodeado de libros y me gusta mucho comprarlos. En concreto compro todo lo relacionado con mi profesión, intento estar siempre al día. No es que sólo lea de moda, pero sí leo bastante: ensayos, biografías, el catálogo de la exposición de Saint Laurent, que es magnífico. Los libros de moda, cuando están bien escritos, son muy entretenidos. En el fondo, la ropa es un reflejo de lo que sucede.

–Es decir, que de vocación, modisto.
–Pues sí, la moda, el trapo… Estudié primero en Nueva York en el Fashion Institute of  Technologie y luego ya en una filial que tenía mi escuela en Florencia. Y después, cuando terminé mis estudios, me quedé a trabajar en Italia. Pero como tenía el gusanillo de la titulitis española, no tenía titulín,y siempre me había gustado leer y la literatura, me matriculé en Filología en la Universidad de Florencia y me fui sacando como pude la carrera.

–Algo ayudarían las estampitas y los San Pancracios de su madre…
–Sí, sí, mi madre me regala las estampitas y los San Pancracios y les vamos poniendo perejil.

–Y más en estos tiempos de crisis ¿no?.
–El que te diga que no nota la crisis o es un mentiroso, o un inconsciente, o ambas cosas. Se trabaja mucho más para llegar al objetivo justito. Se nota en que la competencia se ha multiplicado por un millón. Pero bueno, también supone un reto. Tal vez si no, no tendríamos las telas maravillosas que he recolectado este año para que mis clientas siempre tengan lo último, ni estaríamos creando patrones nuevos… Es un estímulo, pero no hay que dormirse en los laureles.

–¿En la moda hay tanta mentira como en el arte contemporáneo?
–Pues hombre, aquí se ve si la organza lo es o no, si el vestido te sienta bien o mal, así que no hay tanta mentira; sin embargo, Miuccia Prada dice que una marca de moda es una ficción. Y de la misma manera que hay películas y libros buenos, que te los crees, y ficciones malas que no son verosímiles, las marcas buenas tienen discursos coherentes, que logran crear un mundo de sueños y de ilusión, y las malas, no. En realidad, se juega con las ganas de cumplir sueños del ser humano y de salir de esa vida mediocre. Visto así, puede que seamos mentirosos. Orson Welles decía que el arte es una gran mentira y cuanto más mentirosos, mejores artistas.

–¿Y Cibeles es una gran mentira?
–Ay, Marta, qué pregunta. No se cómo está organizada Cibeles ahora. Yo me he mantenido siempre al margen. Es un mundo que respeto y espero que ellos me respeten a mí, pero no sé ni cómo funciona, ni cómo va. Hablando en general, todo lo que tenga que ver con las subvenciones en la moda (que no sé si es el caso de Cibeles ahora), pues, qué quieres que te diga, para mí la moda es un negocio, de arte tiene muy poco, es un negocio muy duro y es el negocio privado más privado del mundo: nadie necesita un jersey firmado para vivir, es una cosa bastante superflua, un capricho…

–¿Le admite caprichos a sus clientas?
–Yo les digo que se miren y juzguen… Pero no me convencen para hacer algo que no quiera, a veces se convencen ellas. Hay que tener fidelidad a los principios. Citando a Saint Laurent, «el arte de nuestro oficio es permanecer». Y para conseguirlo y mantener un chiringuito como el mío con mis empleados, que van a hacer 20 años, hay que ser un poco cascarrabias y decir a veces no.

–¿Incluso a las más conocidas?
–Más incluso, porque es muchísima responsabilidad. Cuando viene un encargo mediático intento abstraerme y hacer mi trabajo lo mejor posible, pero sabes que va a tener mucha repercusión y que vienen a ti porque hay mucha confianza, amistad… Con Marta Sánchez discuto muchísimo.

–¿Y con la Princesa?
–¡Si hace mucho que no viene! Pero no, con ella no.

–¿Y con Carmen Iglesias?
–Pues tampoco, pero depende de los personajes.

–Con quien no discutió nada es con una mujer discretísima que vino a encargarle su vestido de novia y no le dijo que se casaba con una personalidad política…
–¿Elvira? Es una mujer estupenda. Súper discreta. Supe con quién se casaba cuando vi el traje en el «¡Hola!» y dije: mira qué bien, qué pegadura de mangas, qué escote… ¡Pero si esta es Viri! Y era, ya, la mujer de Mariano Rajoy.

–¡Mira que si le llega a salir mal!
–Pero no salió mal…

Personal e intransferible
Lorenzo es como un leoncito. Con cara de niño, achuchable, pero con una personalidad de aquellas. Si hace falta ruge y a quien esa. Para eso es Leo, «como Chanel, Yves Saint Laurent y Gianfranco Ferré». Y por eso le gustaría tumbarse como el rey de la selva y vaguear. No lo hace porque su padre le insistió en que «en esas profesiones raras hay que ser de los mejores o si no la vida es muy triste». Y él lo ha llevado a rajatabla. Como también el no estresarse con su propia ropa: «Me pongo cualquiera de mis veinte camisas azules como ésta, los vaqueros y a correr… Por mí, seguiría con el uniforme del SEK, mi colegio, que me encantaba. Con él me hicieron feliz».

La Razón

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