Las tan crudas como torpes declaraciones del ministro japonés de Finanzas Taro Aso, en las que les pedía a las personas mayores que se dieran “prisa en morir” han levantado ampollas en el mundo entero. Parece que los políticos, o al menos algunos, cegados por sus ansias de recortar en todo en el planeta, se atreven hasta a desearle la muerte a los ancianos, sin que en tal deseo (por mucho que como Aso tengan 72 años), naturalmente, quepa la suya propia. Es cierto que los países desarrollados están envejeciendo vertiginosamente y que cada vez cuesta más sostener un sistema en el que la vida retirada se prolonga más y más, mientras la vida activa no da para todos, pero, obviamente, la forma de solucionar ese asunto no es cargarse a buena parte de la población. Concretamente en Japón, sería al 25 por ciento, que pasa de los sesenta años. Pese a que el tal Taro Aso sea un especialista reconocido en meter la pata, una tiene el convencimiento de que este sentimiento del ministro japonés existe también entre algunos jóvenes, que ya no sólo no valoran la ancianidad como se hacía en la antigüedad, sino que casi la desprecian desde su atalaya de juventud. Más allá de ese problema de pensar que sólo en la juventud cabe vida, deseo y emociones, que se cura con la edad, es innegable que somos muchos sobre la tierra y que hay teorías más que delirantes respecto a cómo se irá regulando el planeta, ahora que ya no se prevén guerras atómicas ni genocidios extremos. Los desastres naturales, que quitan a tantos seres humanos de en medio, parecen ser la única posibilidad de que el mundo no acabe desapareciendo bajo los pies de unas civilizaciones casi eternas, que se siguen reproduciendo sin límite. Lo terrible es que, si llegáramos a una situación insostenible, la solución sería la de siempre: Los ricos de cualquier edad sobrevivirían y los pobres tendrían que conformarse con la esperanza de alcanzar mejor estatus en la eternidad. Es el sistema de Injusticia establecido en el mundo desde el inicio de los tiempos. Pero cuidado, porque al igual que en la película futurista “In time”, los ricos deberían plantearse que, cuando juegan con la vida de los pobres, pueden provocar que éstos se alíen y que todo cambie. Ese ha sido el principio de todas las revoluciones que han llevado al mundo al lugar en el que se encuentra hoy, algo menos injusto (nunca lo suficiente), que el de tiempos pasados.
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