Corría el año 92, cuando un autobús que iba de Barcelona a Andalucía se despeñaba en Castellón y cuarenta y cinco personas resultaban muertas. Lo recuerdo nítidamente. Es más, cuando ayer leí la noticia del autobús siniestrado en Ávila, mucho menos grave que el de entonces, en cuanto a número de muertos (cuatro fallecidos y veintidós heridos), no pude dejar de recordar aquel jueves 20 de agosto, en el que cincuenta y seis personas vivieron ese el más terrible accidente de autobús de nuestra historia reciente, que sólo once podrían contar. No fueron solo los hechos acaecidos ( la curva que tomó el autobús a 105 km por hora, o el terrible panorama que se exhibía tras el accidente en la salida A-7 de localidad castellonense de Torreblanca, convertida en un improvisado depósito de cadáveres) sino, sobre todo, las imágenes de algunas de las víctimas, mostradas tan impúdicamente, las que me hicieron sentirme tan mal. Si ayer en los periódicos, los cuerpos sin vida aparecían tapados con mantas, aquel día, ya lejano, se veían los restos mortales diseminados por el asfalto y entre hierros retorcidos. Al menos eso fue lo que yo contemplé con horror cuando fui a por el enlace en el que llegaban las imágenes del siniestro. Entonces yo trabajaba en Informativos Telecinco y aún no he conseguido borrar de la memoria la imagen de aquella chica de 17 años, con un hierro partiéndole frontalmente el rostro en dos. Me impresionó tanto que la retiré del envío, para que no la viera nadie más, para que no se emitiera una y cincuenta veces en televisión y todos los que habían querido a esa chica y habían formado parte de su historia tuvieran que repetir y agrandar su dolor una y otra vez en cada informativo. Pensé, entonces, que todavía no era madre y aún no tenía deseos de serlo, cómo se sentiría la de aquella joven si tuviera que compartir la intimidad del cuerpo inánime de su hija con tantos desconocidos…Y la aparté. Debo confesar ahora, años más tarde, que no fue la única vez que lo hice. Y nunca me he arrepentido. Hay una frase de Borges que solía repetir uno de mis compañeros de periodismo en los años de facultad, “ante todo no seas obvio”, que me ha servido para no empeñarme en explicar de más lo que cuento y para comprender que no hace falta mostrar el fondo de la miseria: Los lectores, oyentes o telespectadores son lo suficientemente inteligentes como para no necesitar nada de eso. Y los que lo requieren no es por información, es por puro morbo. Ese puro morbo que tanto desprecio.
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