No soy especialmente monárquica. Siempre lo he dicho y siempre lo recalco, como también que la historia de la Familia Real, sin embargo, pertenece al mosaico de mis recuerdos. Es como si, más allá de las diferencias de rango y fortuna, ellos fueran una familia española más, de las tantísimas con las que comparto experiencias y emociones vividas. Pero no soy especialmente monárquica, porque considero que puede estar igual de bien o de mal un régimen presidencialista que una Monarquía Parlamentaria. Para mí lo único que tiene verdadera importancia es que los poderes estén suficientemente acotados y que no residan en exclusiva en una persona. Porque con corona, o con cargo, los mandatarios son igual de personas que el resto de la humanidad (algunos lo parecen menos, eso sí que es cierto) y, por tanto, también se pueden equivocar. Lo que no se es hasta dónde o de qué manera tienen que aceptar sus errores los reyes y los presidentes. Aquel “lo siento” inolvidable de Don Juan Carlos, satisfizo a muchos españoles, pero otros lo encontraron patético. A mí no me pareció ni bien ni mal. Escaso para ser una disculpa, aunque fuera más largo de lo que yo he recogido y un poco infantil para provenir de un rey. Pero, bueno, también es verdad que lo acercaba a los súbditos y esa benéfica consecuencia tuvo. En el caso de la Infanta Cristina, aún no podemos hablar de que deba “aceptar sus errores” porque, pensemos lo que pensemos, de momento no están probados y nuestro Estado de Derecho avala la presunción de inocencia. Sí habría que señalar que el hecho de aceptar la imputación (que no implica ni que se considere culpable, ni que lo sea, sino que deja de ser testigo para pasar a ser parte de los hechos y tener abogado), decidir no recurrirla e incluso pedir que se adelante la fecha de su declaración es digno de aplauso. Más allá de su culpabilidad o inocencia, que ojalá sea lo segundo, esa valentía restablece muchas confianzas perdidas y hace creer, a más de uno, que tal vez y solo tal vez, Doña Cristina no ha hecho todo lo que dicen que hizo. Y eso es verdaderamente importante porque, hasta ahora, el juicio popular paralelo estaba siendo inevitable. Ahora, se pensará y se dirá…, pero habrá que esperar a lo que cuente ella y a lo que determine el juez según sus palabras. Y después, guste o no, habrá que acatarlo.
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