Quitémosle un poco de hierro a la realidad de este agosto recién inaugurado, repleto de guerras, corrupciones sorpresas y virus mortales y avancemos por el proceloso mundo de las fotos veraniegas. Y digo proceloso, porque hay fotos que desatan tormentas y tempestades. Y no me refiero precisamente a todas esas que aparecen en los perfiles de Facebook, ni tampoco a las del carnet de identidad (ya se sabe que nunca se es tan guapo como en las de los primeros ni tan feo como en las de los segundos), sino a algunas fotos robadas, que han causado sensación a lo largo de la historia reciente. Se me vienen a la cabeza, por ejemplo, unas, ya muy lejanas que sacó una publicación italiana del entonces único rey de España, Juan Carlos I (en carne mortal y sin ropa alguna), de las que se hizo eco el diario El Mundo, dando paso así a una era de persecuciones de las, digamos, “travesuras “ de la realeza. U otras aún más antiguas de Marta Chavarri, en las que un flash sibilino se le coló entré las piernas y dejó a la vista unos encantos brevemente ocultos tras unas medias negras de cristal; ella misma protagonizó otras fotos de escapada de fin de semana con Alberto Cortina que ocasionaron uno de los divorcios más sonoros y costosos de la historia…¿Más fotos para el recuerdo? Habría cientos. Pero no se por qué , esa portada que recogía a aquella joven María Vidaurreta, creo recordar que aún señora, por entonces ,de Jorge Vestringe (en sus tiempos del PP), con aquel play boy moreno llamado Pablo García Trevijano besándose, dejaron mi memoria de periodista recién estrenada marcada para siempre. Saben aquello que decía Hearst de “tú dame las fotos, que yo monto la guerra”¿no? Pues es absolutamente cierto. Con una imagen determinada sí que se pueden mover montañas a ritmo de terremoto. Pero más allá de las grandes cosas, hay otras pequeñas que andan sucediendo con las fotos en nuestros días. Por un lado, que se intercambian por las redes a tal velocidad, que hay quien no se da cuenta de que, lo que se ha enviado en un click puede perseguir para toda la eternidad; y por otra, que ya cualquier personaje conocido puede ser objeto de una foto robada en cualquier circunstancia de su vida y no necesariamente por un fotógrafo profesional. Creo que fue Pedro J Ramírez quien dijo aquello de: “la vida privada de un hombre público es pública”…, pero, al paso que vamos en esto de las fotos, las vidas privadas de cualquiera acabarán por dejar de existir.
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