Cerrando ya las maletas para regresar a Madrid, noto esa sensación tan habitual al final de la vacaciones de la bota encima del pecho que no me deja respirar. Ansiedad, vaya; ese mal del hombre moderno del que parece que no sabemos deshacernos por más sabios que nos creamos. Es curioso porque, este año, prácticamente no he abandonado mi rutina durante el verano. He continuado con mis artículos, he avanzado en mi nueva novela e incluso he hecho un parón para acercarme a la Feria del Libro de Panamá, a donde me invitaron, para promocionar mi último libro, “Luisa y los espejos”, en compañía de Juan Bonilla, Jesús Marchamalo y Juancho Armas Marcelo. Es decir que no he cortado del todo ese cordón umbilical figurado, al que, en otras ocasiones, pego un contundente hachazo según pongo un pie en Mallorca; sin embargo, ni el haberme mantenido algo activa laboralmente, me ha impedido caer en las garras de esa angustia de cada año antes de
empezar el curso, que no me deja disfrutar de las últimas y placenteras horas al borde del mar. Lo curioso es que cuando hablo de esta sensación incontrolable con mis amigas de todo tipo, me doy cuenta que no hay ninguna que se libre de ella. Ni siquiera las que están en mejor situación laboral y económica o incluso aquellas que no trabajan fuera de casa. ¿A qué se debe este pánico a la “vuelta al cole” que todos sentimos? Dicen los expertos que tiene mucho que ver con la incertidumbre, con ese pensar que las cosas, tal vez, puede que ya no estén donde las dejamos. Unos temen volver y encontrarse con lo mismo de antes, pero descolocado; otros se asustan al pensar que ya no podrán tener lo que tuvieron. Hay quien tiene que incorporarse a la vida con un reto y a quien le toca aceptar que ya no habrá más retos en la vida… Es en definitiva, el regreso a esa realidad que no se puede domesticar y que sorprende incesantemente y no siempre
de manera grata. No me gusta dar consejos, porque cuando alguien me dice que me va a dar uno, suelo contestar como la protagonista de El abanico de Lady Windermere de Oscar Wilde, “no me de usted nada que no pueda lucir por la noche”; pero sí quisiera ofrecer una recomendación que yo voy a intentar poner en práctica. Como es cierto que lo que tenga que ser será y que la vida pasa mientras nosotros hacemos otros planes (John Lennon dixit) nada como que intentemos dejarnos llevar. Let it be, que decían los Beatles y que no es fácil, pero sí infalible.
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