Conocí a la mujer de Isidoro Álvarez de niña. Era amiga de mi madre y una de las mujeres más bellas que yo he visto jamás. Aún recuerdo su rostro a lo Claudia Cardinale, bajo las pamelas que tan bien la sentaban y que a mí, en mis años infantiles, me producían una completa fascinación. Pasaron los años y la reencontré a ella, con sus adorable hijas Marta y Cristina , casada con Isidoro Álvarez. Una familia feliz y completa, en la que el amor de las tres hacia Isidoro me hizo verlo, más allá de su historia profesional, como un hombre extraordinario. Lo era, de verdad, en todos los aspectos. No era un hombre guapo, ni de verbo fluido, pero sí de acciones concretas, de determinación y de trabajo, trabajo y trabajo. Lo he visto trabajar incluso en fines de semana de ocio, mientras su mujer, María José, resignada, decía con orgullo: “Es que él es así”. Si en su día, su tío Ramón Areces le dio la oportunidad de entrar en ese gigante que ya era El Corte Inglés y que él aprovechó poniendo todo su esfuerzo, desde abajo, y sin dejar de hacerlo al llegar a las alturas, él mismo le dijo a sus propias hijas: “Si queréis estar en El Corte Inglés, será empezando como todos, esforzándoos y aprendiendo”. Chicas preparadas, con carreras, cultas y con la humildad de su padre impregnada en el carácter. La misma con la que él me llevó la maleta cuando un día nos encontramos en el aeropuerto de Barcelona y yo iba con unas muletas. Coincidí con él en un almuerzo, hace ahora un par de otoños, y me hizo sentirme enormemente feliz cuando me felicitó por mi carrera y por ser “tan trabajadora”. Viniendo de él la aprobación era un tesoro, por su currículo y porque, insisto, era hombre de pocas palabras, y no hablaba de más, ni por compromiso, ni una sola vez. Decía lo que quería decir y solo después de haber observado detenidamente, para sacar sus propias conclusiones. Me lo imagino sufriendo al tener que remodelar el modelo de negocio de El Corte inglés y al tener que prescindir de gente en su empresa. Para él los trabajadores de El Corte Inglés eran parte de su familia y siempre trataba de conseguir los mejor para ellos. Son infinidad los que guardan un recuerdo imborrable de Isidoro, un hombre honesto, de talento, trabajador e irrepetible. El Corte Inglés queda ahora en manos de su mano derecha, consejero director general de la empres, y su sobrino. Su sustituto natural del negocio, de tan solo 40 años, pero desde los 20 ligado a El Corte Ingles y, seguro, con los mismos valores que su tío, al que le mando todo mi cariño allá en el Cielo, al igual que a su familia, aquí en la Tierra.
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