El próximo 25 de enero, Grecia decidirá su destino.
Desbordada por una situación económica que le ha conducido a la pobreza, la población griega, que no aguanta ya más recortes, ve en el líder del partido izquierdista, Alexis Tsipras, a una especie de salvador, que les conducirá a otro universo. Yo, francamente, no se si será así, pero sí soy consciente de que, si gana, es muy probable y prácticamente inevitable, que a los griegos se les obligue a abandonar la Unión Europea y, en consecuencia, a que salgan del euro.
A lo mejor esa es una buena opción. Insisto en que soy incapaz de interpretarla. Lo que sí se es que a quienes no pagan sus cuotas en los clubes se les expulsa; y la Comunidad Europea, no deja de ser un selecto club, que no va a consentir –y me parece muy lógico- que alguien deje de pagar sus deudas, como ya ha anticipado en sus mítines electorales que hará el candidato griego.
Su colega español, Pablo Iglesias, ha aprovechado la ocasión para declarar a EFE que “no va a venir ningún alemán, ningún fondo de inversión, ningún banco extranjero a decirles a los españoles, a los griegos, a los portugueses o los irlandeses qué tenemos que votar” Y tiene toda la razón. Nadie puede obligar a nadie a votar esto o aquello. Sin embargo, es necesario que sepamos que, hacerlo o no, nos puede dejar donde estamos o apartarnos. No tiene nada que ver con las “amenazas”, ni con el “miedo a que los griegos voten en libertad”, por mucho que lo asegure el líder de Podemos, sino, simplemente, con las reglas del juego. En el parchís se sale con cinco y quien come ficha cuenta veinte y en Europa quien pretende recibir ayudas y luego no pagar sus deudas, se va. Y ya está. Es normal.
Puede ser que al dejar de formar parte de la Unión Europea Grecia encuentre su camino; pero no puede ser que pretenda que las normas sean para los demás y no para ella. A mí no me gustaría que sucediera, pero, en el caso de que así fuera, lo único que el asunto tendría de positivo para la propia Europa es que el cambio de moneda supondría un descenso de los precios de tal calibre, con respecto a los europeos, que todos querríamos irnos a veranear a Grecia y a comprarlo todo, si me apuran hasta el mismísimo Partenón. Espero y deseo, eso sí, que, en tal caso, los griegos se puedan sostener, sin ponerlo a la venta.
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