Nada más duro que reconocer que un hijo, el ser al que más amamos, nos respeta tan poco y nos odia tanto como para llegar a ponernos la mano encima. Pero más duro aún es denunciar sus conductas, reconocer públicamente su error y pensar que los estamos desprotegiendo. Pero ¿no será que, si no lo hacemos, los protegemos, equivocadamente, demasiado?Algunos psicólogos defienden que la sobreprotección de los padres, cuando es exagerada, puede llegar a convertirse en una forma de maltrato que les incapacite para decidir… Y yo añado que, además, que puede acabar convirtiéndoles en unos maltratadores y en unos tiranos. En 2013, la Fiscalía General del Estado abrió 4.569 expedientes por violencia ejercida por menores hacia sus propios padres. Y casi con total seguridad, existen muchos más casos que jamás se llegarán a conocer. Los padres a veces pensamos que, por amor, debemos soportar cualquier comportamiento indigno y hasta malvado de nuestros hijos y olvidamos que, en la educación que les demos, irán sus valores y la capacidad de gestionar su futuro. Los jóvenes dictadores suelen emerger de un entorno donde no hay límites definidos, ni reglas adecuadas para enfrentarse al día a día. Son muchos los progenitores que prefieren sobreproteger a sus hijos hasta el extremo de ocultar sus errores o incluso hacer como si no los vieran. Y, al final, lo que consiguen con esa actitud, es que sus hijos tengan resistencia cero a la frustración. Es cierto que muchos de los chicos que presentan este agresividad hacia sus pares sufren Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad, Trastorno Límite de la Personalidad o trastornos adaptativos; pero no son todos. Y tanto en el caso de cualquier trastorno como de una personalidad violenta exacerbada por las circunstancias, la única manera de luchar contra el problema es aceptando que existe y enfrentándose a él. Y, cuando es serio, lo importante es que los padres sepan comprender que hay que acudir a terapia y a donde haga falta –incluso, sí, a la Policía-…, ¡por el bien de sus hijos! No frenar sus conductas y convertirse en sus cómplices incluso jugándose la vida, no solo será un terrible castigo para ellos, que les llevará a sufrir disgustos, lesiones e incluso, en algunos casos, la muerte, sino que conducirá a los chicos a un callejón sin salida, en el que violencia engendra más violencia y en el que ellos no tendrán más horizonte que una vida abocada a la desgracia.
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