Vivimos en un tiempo en el que todo tiene fecha de caducidad. Y no estoy hablando de política, que estamos en periodo preelectoral y casi es bueno que empecemos a tratar de recuperar la fe perdida. Me refiero a todo lo demás. Incluso al amor. Nunca sabremos si jamás hubo amor eterno o si es que la vida era más corta, pero lo cierto es que en nuestros días es difícil encontrar parejas que no tengan varias muescas en su revolver y aquellos amores de novela de antaño parecen quedar ya para el recuerdo. Hay que aceptar las cosas como vienen, así que, si ahora lo de casarse ha dejado de ser para toda la vida, lo que hay que hacer es encontrar la fórmula magistral para que las separaciones no se conviertan en un ardoroso infierno. Hemos sido testigos de tantas tragedias desmedidas en las rupturas, que han sufrido los padres y los hijos, que nuestra cordura nos invita a encontrar el camino para que el desamor no conduzca a un odio cruel, que perjudica a todos. Como no siempre es fácil ser sereno en tiempos de tempestad, 297 juzgados españoles están impulsando la mediación, para que las parejas lleguen a acuerdos en separaciones y divorcios. La práctica, que empezó con timidez, ha aumentado casi un setenta por ciento, después de ver que lo de “tirarse los trastos a la cabeza” resultaba demasiado literal en algunas despedidas forzosas. Parece que los mediadores encuentran el camino para que, las ex parejas, en vez de combatirse con argumentos asesinos, acaben reconociendo parcelas a sus contrarios y consigan respetarse e incluso admirar, desde el recuerdo, lo que cada uno hizo por el otro. De esa manera, que a veces requiere pizarra, además de psicólogo y abogado, los matrimonios se disuelven como un azucarillo en el agua y sin que sean precisas las escenas de pánico. Todo el mundo se muestra triste, sí, pero nadie se convierte en un maquiavélico enemigo del otro, ni intenta arrebatarle con el conjunto de sus bienes, esa autoestima tan necesaria para superar los dramas amorosos. En España se realizan ya en torno a diez mil procesos de mediación al año, y la buena noticia es que, si bien no se pueden evitar las rupturas matrimoniales, tras esas sesiones de lágrimas y reproches e incluso gritos desesperados, las posturas acaban por acercarse y derivan en divorcios civilizados.
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