Empecé a leer Hombres buenos, de Pérez-Reverte, sin demasiado interés. No encontraba el entusiasmo suficiente para apuntarme al viaje de dos académicos apolillados al París prerrevolucionario del siglo XVIII, en busca de la Encyclopedie de Diderot y D’Alambert. Pero, claro, tampoco podía imaginar, ni por asomo, que en ese viaje pudieran caber tantas peripecias y que la historia se convertiría en una aventura incomparable, regada, además, de reflexión, honestidad y, sobre todo, de amistad. Es verdad que lo raro hubiera sido pensar que don Arturo iba a dejar a unos académicos como él, sin la gloria de un recuerdo extraordinario; pero me costaba creer que existiera una manera de convertir ese periplo, a priori sin demasiados alicientes, en tal disfrute para el lector. Olvidaba que la varita mágica de Pérez-Reverte se extiende no solo a la construcción habilísima de los personajes de ficción, que caminan por la narración con la misma credibilidad que los reales, sino también a la gloriosa capacidad para exponer ideas sobre los asuntos más trascendentes de forma sencilla y comprensible. Por si todo esto no fuera suficiente, el propio escritor, convertido en parte de su novela, ofrece los pormenores de su técnica narrativa desde una de las voces del relato, en la que distintas personalidades actuales realizan diferentes cameos, a la par que las del XVIII se mueven con soltura por los salones intelectuales del París bullente de prostitutas, miseria y corrupción. Y encima, los académicos viajeros y buenos, frente a los malos que pretenden desbaratarles los planes, se vuelven tan atractivos según se avanza en la historia, que uno de ellos, acaba convertido en un seductor, cuyo lance romántico tendrá mucho que ver con esa primera escena de un duelo. Entre la exquisita documentación, dos villanos decisivos: Raposo, un malo porque el mundo lo ha hecho así, tan perezrevertiano que huele a Alatriste, y otro más, el abate bringas, inspirado en el real y revolucionario abate Marchena, que deja constancia de que algunos malos tienen principios. ¿Algo que añadir a este coctel agitado pero no revuelto, que diría el mismísimo James Bond? Pues sí, una mirada, entre el optimismo y la ternura, que arranca una sonrisa al llegar a la última página. Si escribir una mala novela es muy difícil y una buena un milagro a Pérez-Reverte, mira tú por donde, acabarán canonizándolo…
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