Corría el año 92, cuando un autobús se despeñó en la localidad castellonense de Torreblanca y 45 personas resultaron muertas en el accidente. Yo entonces trabajaba en los los Informativos de Telecinco y recuerdo con horror recibir aquellas imágenes entre las que había una que nunca he podido olvidar: la de una chica de unos 17 años con un hierro clavado en la frente. Verán, yo siempre he creído que las imágenes de la guerra, o del sufrimiento en general, nos deben llegar tal cual son, es decir con el horror que retratan. Solo de esa manera, siendo conscientes de lo que pasa, procuraremos no olvidarlo, que a veces no lo conseguimos ni con esas. Pero en el caso de los accidentes, dudo yo que ayude a nadie ver las caras de los muertos. Sobre todo porque tienen padres, madres y hermanos, que se encuentran con ellos cada vez que cambian de canal. En el año 92 yo era casi una niña, pero aún así resolví quitar aquella imagen de la circulación y evitársela, al menos en lo que a una parte de la información correspondía a sus atribulados familiares. En estos días he recordado mucho aquellas víctimas del accidente de Torreblanca, después de repasar a las del reciente autobús de Tarragona, que desde el domingo empezaron a tener nombres y apellidos e historia para ser contada. Por suerte, en el caso actual –tan parecido, por cierto al de entonces, que se me abren las carnes pensando en lo poco que avanza el mundo en algunas cosas- no se han visto las caras destrozadas de todas esas chicas tan jóvenes, guapas y estudiosas, con tantos sueños y vida por vivir, que por un descuido del conductor, que se quedó dormido, sumado posiblemente a la presión de una sociedad que le exige a unos y a otros llegar hasta su límite, no escribirán ni un reglón más de su diario. No hay nada que se pueda celebrar de este caso, salvo, tal vez, que si lo comparamos con aquel otro ya tan lejano, el número de víctimas mortales ha sido menor y las familias de las fallecidas no han tenido que soportar el dolor de verlas impúdicamente mostradas en los medios de comunicación. Lo demás, por desgracia es tan similar que una piensa que a la historia le gusta repetirse, aunque sea en distintos escenarios y con mejores carreteras. Tal vez para advertir, en este caso, que sigue habiendo personas que conducen sin estar en las condiciones debida, que los vehículos son un arma y que también conduciendo se puede matar.
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