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Galicia

Hoy no voy a hablar de Cataluña por mucho que me preocupe y por más que sepa que estamos todos atentos a las maniobras orquestales en la oscuridad de Carles Puigdemont y sus secuaces. Demasiado secuestrado tienen ya el punto de vista informativo desde hace tanto tiempo como para que hoy, que otra parte de España necesita de nuestra solidaridad y apoyo,  no giremos la cabeza y nos ocupemos y preocupemos de ella.

Hoy lunes, mientras escribo, Galicia arde, se quema todo: campos, casas y hasta personas.  La realidad es siniestra, gris, como el polvo de ese humo interminable que se desprende de los distintos focos del fuego provocado por diversos asesinos. Porque más allá de que el calentamiento global nos alarme y de que los campos gallegos como los del resto de España estén repletos de rastrojos que los convierten en terreno minado en el mismo momento que se prende una brizna, la realidad es que este año, como otros – aunque este con peores consecuencias-, la causa de estos fuegos incontrolables es la mano del hombre, del ser humano, si es que a ese tipo de individuos se les puede considerar de nuestra especie.

Por si la maldad de estos especímenes no fuera suficiente para causarnos rechazo y angustia, resulta que Galicia, tierra maravillosa donde las haya, parece tener pocos efectivos para afrontar los incendios. Y choca por muchas cosas. La primera porque los medios no parecen iguales en toda España. Y la segunda porque estos incendios son tan habituales allí, que se supone que la previsión exigiría tener los medios necesarios bien organizados. La solidaridad está llegando de todas partes de España e incluso desde Portugal, pero ver a ciudadanos españoles y gallegos tratando de apagar con sus propios cubos y sus propias manos los fuegos hace pensar que algo falla.

Está claro que existe una “actividad incendiaria homicida”, como ha señalado el presidente gallego, Núñez Feijóo, que no está afectando no solo a Galicia, sino ya también a Asturias y León. Y hay que perseguirla, eso es prioridad…, pero también lo es saber prevenir en lo posible el fuego y su devastación,  limpiando de rastrojos el campo para que no se extienda con tanta facilidad y teniendo preparadas soluciones efectivas para cuando se produzca  o más bien, por desgracia, lo produzcan.

La Gaceta de Salamanca

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