Los días después del señalado contra la Violencia de Género solemos relajarnos de golpe, como si por haber alzado la voz los días previos, y ese en concreto, hubiéramos avanzado tanto como para poder tomarnos un descanso. Lo cierto es que, hoy mismo, quizás ahora, cuando ustedes leen este artículo, en muchos hogares españoles se vive con miedo y se masca la tragedia. Cientos de mujeres se sienten atrapadas en matrimonios o parejas sustentados por la violencia, de donde sigue resultando muy difícil escapar. Ellas aguantan y aguantan por muchas razones: no se atreven a denunciar, no quieren contárselo a sus familias, temen provocar dolor a sus hijos… En definitiva, están cercadas por el miedo. Miedo a no saber a dónde ir, a creer que las encontrarán allá donde vayan, a no poder ganarse la vida, a no poder alimentar a su prole, a no servir para nada como tantas veces les han dicho en casa, a buscar una solución que piensan que no existe… Muchas veces -ya lo sabemos todos, porque por insensibles que seamos nos duelen las estadísticas- ese quedarse, o incluso el irse, el callarse o el contarlo conlleva la muerte. Muerte completa para las mujeres a quienes asesinan y media muerte, al menos, en tantas ocasiones, para sus hijos.
Desde que entró en vigor en 2014 la Ley Integral contra la Violencia de Género, unos 500 menores se han quedado sin madre. Y a muchos de ellos esa violencia de la que fueron testigos hasta la pérdida de sus progenitoras les ha dejado marcados para siempre. No es fácil salir adelante sin tener en quién apoyarse. La orfandad es doble cuando desaparece la figura que protege y la soledad queda unida, además, a la sospecha que rodea a los niños de familias con maltrato: “pobres, repetirán patrones, crecerán malvados”. Y es posible, claro. Convivir con la violencia la normaliza tanto como para volverla parte de la vida y reproducirla. Por eso es tan importante que los niños de la violencia de género, tan víctimas como sus madres maltratadas y a veces asesinadas, reciban la atención pertinente, que se les ofrezca un psicólogo desde los centros y que sepan antes de que se produzca la desgracia que tienen a quien acudir; por ejemplo, al un teléfono gratuito y anónimo, de la Fundación Anar, donde les enseñaran el camino. No se les puede dejar solos. Ni tampoco solo pensar en ellos y en las mujeres maltratadas los días señalados. Los días después también existen.
Back to Blog
